¿Acaso el lema “la vergüenza tiene nombre” sigue funcionando en la era de Internet? A fin de cuentas, la masacre de 31 periodistas y trabajadores de prensa en Filipinas hizo elevar el registro de muertes en los medios a su nivel más alto de todos los tiempos, según la documentación del CPJ. El número de periodistas encarcelados también se elevó, empujado por la feroz represión en Irán.
ATAQUES A LA
PRENSA EN EL 2009
• Prólogo
• Introducción
Análisis Regional:
• En las Américas,
Gran Hermano observa
a los reporteros
Informes por país
• Argentina
• Brasil
• Colombia
• Cuba
• Ecuador
• Honduras
• México
• Nicaragua
• Estados Unidos
• Venezuela
• En un Vistazo
Durante más de tres
décadas, la estrategia de “la vergüenza tiene nombre” ha sido el sello del
movimiento internacional por los derechos humanos. La premisa rectora es que
inclusive los líderes más brutales desean ocultar –o al menos justificar– su
accionar represivo. Si los abusos pudiesen ser expuestos a través de informes
meticulosamente documentados, y si dichos reportes pudiesen generar una cobertura
informativa por parte de los medios internacionales más importantes, los
gobiernos se verían obligados a frenar su comportamiento más flagrante.
La estrategia funcionó a
la perfección entre los años setenta y los noventa, cuando los corresponsales
extranjeros actuaban como guardianes de la información, dando forma, a grandes
rasgos, a las percepciones existentes sobre los acontecimientos en un país en
particular. Fue ésta la época en la cual una sola editorial en una publicación
de renombre como The New York Times o
The Washington Post podía movilizar a la opinión pública y producir un cambio en
la política. Esos días han quedado atrás.
El panorama fragmentado y
difuso que muestran los medios en la actualidad abrió nuevas oportunidades para
las campañas de protección: las que unen las inquietudes locales e
internacionales, las que utilizan blogs, correo electrónico en masa y medios sociales para dar forma a la opinión
pública. Al verse reducido el poder de los medios tradicionales, la emisión de
nuestros mensajes es un proceso penoso que exige el uso de múltiples métodos.
Esto es así ya sea que uno esté participando de una campaña política,
comercializando un film, o luchando por los derechos humanos de reporteros en
países represivos.
La buena noticia es que
estas nuevas estrategias son efectivas, inclusive en lugares en los cuales no
se esperaría que los gobiernos, aún los más recalcitrantes y represivos, sigan
respondiendo ante las presiones internacionales.
Tal es el caso de Irán,
que fue testigo de una de las represiones más encarnizadas y generalizadas
contra la prensa en la historia reciente. Más de 90 periodistas fueron detenidos con el objetivo
de suprimir el disenso tras la disputada elección presidencial de junio. Cuando
el CPJ realizó su censo anual de periodistas encarcelados el 1 de diciembre, en
Irán aún había 23 redactores y editores en prisión, precedido por China. Pudo
haber sido peor.
El liderazgo de mano dura
que caracterizó al Presidente Mahmoud Ahmadinejad reconoció que pagaría un alto
precio en términos de opinión internacional por sus tácticas violentas y
brutales, que es precisamente el motivo por el cual disolvió a la prensa
extranjera en Teherán, expulsando a periodistas y buscando encerrar al resto en
sus corresponsalías. Los líderes de Irán consideraron que los medios eran parte
de una conspiración internacional para desacreditar la elección y derrocar al
régimen. El arresto de periodistas formaba parte de esa fantasía paranoica.
Sin embargo, no todas las
facciones de Irán veían la situación del mismo modo. Existen en el gobierno
iraní sectores a quienes les importa profundamente qué piensa el mundo –o al
menos parte del mundo– sobre el régimen que allí gobierna. El gobierno protege
a una estación de televisión anglo-parlante y sofisticada, Press TV, que apunta
contra la intelectualidad y sirve como instrumento en la guerra de ideas contra
Occidente.
Al ampliar la visibilidad
de los periodistas encarcelados en Irán mediante alertas vía correos
electrónicos, entrevistas en los medios, peticiones en Facebook, anuncios en
blogs y una variedad de otros medios, el CPJ brindó argumentos, a los iraníes
preocupados por el desgaste de la reputación internacional de su país, para
contrarrestar la línea dura de su gobierno. Es difícil discernir cómo funciona
esta interacción, pero sin lugar a dudas la presión internacional tuvo un papel
importante en la liberación de prominentes periodistas, como fue el caso del
corresponsal de Newsweek Maziar
Bahari y de la periodista freelance Roxana Saberi.
Campañas públicas similares
condujeron a la excarcelación de periodistas en prisión en países tan diversos
como Myanmar, que liberó a tres reporteros como parte de una amnistía a favor
de presos políticos; y Gambia, en donde su líder, autocrático y susceptible,
indultó a seis periodistas que habían sido sentenciados por acusaciones
infundadas de sedición. En conjunto, la defensa esgrimida por el CPJ contribuyó
a la liberación de 45 periodistas en 2009.
Los defensores de la
libertad de prensa se dirigen a más audiencias y utilizan una nueva y más
amplia gama de tácticas. Esto se traduce en un trabajo conjunto con grupos de
prensa locales y apunta a mensajes específicos para las audiencias locales e
internacionales. En Gambia, un enérgico sindicato de prensa local tomó la
iniciativa para llamar la atención de la opinión pública en su país, en tanto
que los anuncios en blogs del CPJ, los mensajes en Twitter y las alertas por
correo electrónico ayudaron a propiciar una catarata de condenas en los sitios de
Internet enfocados en África y apelaciones públicas por parte de funcionarios
estadounidenses y británicos.
Inclusive en Filipinas,
que experimentó el episodio más letal para la prensa jamás registrado por el
CPJ, estas nuevas estrategias han encontrado el modo de llegar a la sociedad.
El CPJ, con el apoyo de la
Fundación John S. y James L. Knight, lleva a cabo una campaña contra la
impunidad en Filipinas en asociación con grupos locales. En marzo de 2009, para
recordar el aniversario del crimen de la conocida periodista de investigación
filipina Marlene García-Esperat, el CPJ viajó a Manila para presentar su
segundo Índice Anual de Impunidad, una clasificación de países que han
fracasado en su intento de enjuiciar a los asesinos de periodistas.
Aun cuando es una
democracia en tiempo de paz, Filipinas calificó como el peor país en el índice
de impunidad, seguido únicamente por países en guerra como Irak y Somalia. La
oficina de la Presidenta Gloria Arroyo-Macapagal respondió en ese momento alegando
que lo revelado por el CPJ era “una exageración”. La masacre del 22 de
noviembre en la provincia de Maguindanao demostró de modo trágico que el
fracaso de las autoridades filipinas para enfrentar la cultura de la impunidad tiene
graves consecuencias. Los miembros del clan político acusados de perpetrar los
crímenes creyeron que podían salirse con la suya.
Pero gracias a los
defensores de prensa de Filipinas, existe actualmente una generalizada
conciencia pública sobre las fallas del gobierno, así como un extendido
fastidio. A pocos días de los asesinatos, periodistas y medios filipinos se
reunieron para viajar al lugar donde se cometió la masacre, brindar asistencia
a las familias de las víctimas, llevar a cabo una investigación independiente y
producir un informe bien documentado que fue distribuido ampliamente en la
Internet. En pocas semanas, una delegación global de la Federación
Internacional de Periodistas, el CPJ y otros grupos ya estaban en el lugar en
apoyo a los esfuerzos locales.
El costo de no afrontar la
impunidad debería ser evidente no sólo para los países que figuran en el Índice
Anual de Impunidad del CPJ –naciones como Rusia, México y Pakistán-, sino
también para sus socios internacionales. En septiembre, una delegación del CPJ
viajó a Moscú y Bruselas para presentar Anatomía
de la Injusticia, una investigación exhaustiva sobre los asesinatos no resueltos de periodistas en Rusia. En
Moscú, presentamos el caso directamente ante los principales investigadores y
otros funcionarios; en Bruselas, nos reunimos con funcionarios de la Unión
Europea para hacer hincapié sobre el hecho de que éste es también un problema
para ellos. Los investigadores rusos invitaron al CPJ a regresar en 2010 para
evaluar el avance conseguido. Allí estaremos.
Las tragedias de 2009 no
hacen sino poner de manifiesto nuestro desafío. Crear medios robustos y con
condiciones de seguridad a nivel global exige una nueva forma estratégica de
pensar para poder enjuiciar a los asesinos, para reducir la cantidad de
periodistas encarcelados y para apoyar a los periodistas que trabajan en el
exilio o dentro de entornos represivos. En todos estos frentes, ha habido un
avance.
En Cuba, está surgiendo una
comunidad entusiasta de blogueros independientes, a pesar de que allí se
aplican leyes de censura que son de las más represivas en el mundo. En
Zimbabwe, muchos de los mismos periodistas que fueron obligados a exiliarse a
principios de la década han vuelto a difundir noticias a sus habitantes a
través del espacio radioeléctrico, en forma impresa y también en la Internet.
En China, la cantidad de reporteros
en prisión descendió de 42 en 2004 a 24 en la actualidad. Los periodistas que
exponen los casos de corrupción tienen hoy más probabilidades de ser despedidos
que de ser encarcelados. No obstante, cuestionar al sistema chino sigue estando
prohibido: la mayoría de los periodistas presos actualmente en China son
reporteros freelance que sólo se dedican a eso. Defender a estos reporteros de
opinión es un enorme desafío.
En un momento en el cual
la tecnología está cambiando la forma en que la gente de todo el mundo reúne y
recibe información, en el cual las organizaciones de prensa internacionales
recortan y cierran sus corresponsalías, los periodistas freelance, los
reporteros locales y los periodistas de Internet se han vuelto más importantes
que nunca. El crítico de medios A.J. Liebling alguna vez comentó, en broma, que
“la libertad de prensa está garantizada sólo para aquellos que la poseen”. En
el mundo actual esto se no se aplica para todos. Mientras los derechos de cada
periodista están protegidos por tratados internacionales, pocos reporteros
cuentan con grandes conglomerados de medios que los respalden. En cambio, su
seguridad y protección depende de la capacidad de las organizaciones de
libertad de prensa para generar atención pública y movilizar la acción.
Las protestas provenientes
de gobiernos represivos acerca de “injerencia extranjera” o “agendas secretas”
son una prueba de que nuestras campañas están teniendo el efecto al que apuntan.
La revolución en la información global ha creado nuevos retos, pero la idea
detrás de la frase “la vergüenza tiene nombre” sigue en pie.
Joel Simon es
director ejecutivo del CPJ.

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