Al finalizar el calvario de 118 días que padeciera dentro de la cárcel de Evin, en Teherán, Maziar Bahari, periodista de Newsweek, tuvo una experiencia inusual con su interrogador. Bahari había sido recluido en régimen de aislamiento desde su arresto tras la disputada elección presidencial de junio; había sido sometido a golpizas, casi a diario, e interrogatorios que se extendían durante horas. Sin embargo, sus encarceladores no habían sido capaces de probar la acusación de que Bahari era un espía de las agencias de inteligencia occidentales. De modo tal que esgrimieron una nueva, amenazadora y resonante acusación contra él: “espionaje mediático”.
ATAQUES A LA
PRENSA EN EL 2009
• Prólogo
• Introducción
Análisis Regional:
• En las Américas,
Gran Hermano observa
a los reporteros
Informes por país
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• Nicaragua
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• Venezuela
• En un Vistazo
Al finalizar el calvario
de 118 días que padeciera dentro de la cárcel de Evin, en Teherán, Maziar
Bahari, periodista de Newsweek, tuvo una experiencia inusual
con su interrogador. Bahari había sido recluido en régimen de aislamiento desde
su arresto tras la disputada elección presidencial de junio; había sido
sometido a golpizas, casi a diario, e interrogatorios que se extendían durante
horas. Sin embargo, sus encarceladores no habían sido capaces de probar la
acusación de que Bahari era un espía de las agencias de inteligencia
occidentales. De modo tal que esgrimieron una nueva, amenazadora y resonante
acusación contra él: “espionaje mediático”.
Como luego relatara
Bahari, su interrogador no contaba con una definición específica del delito,
sino sólo una analogía. Al ser reportero de una organización de prensa
occidental, comentó el interrogador, a Bahari se le había pagado para que
enviara informes a extranjeros –en sus propias palabras, “a los enemigos de
Irán”–. ¿Acaso no es eso lo que hacen los espías? Caso cerrado.
Bahari pudo relatar lo
sucedido, ya más distendido, en su hogar de Londres con su mujer y su hijo. Los
Guardias Revolucionarios de Irán, en cambio, han criminalizado al periodismo en
su durísima represión pos-electoral. Así como en el caso de Bahari, varios
reporteros fueron acusados de instigar una “revolución de terciopelo” entre los
creadores de la República Islámica, más que ser considerados como testigos de
los acontecimientos. Desde junio, más de 90 periodistas fueron arrestados.
Veintitrés continuaban en prisión hacia fines de año y algunos habían recibido condenas de
años luego de apresuradas farsas judiciales. En 2009, Irán se convirtió en el
segundo país con mayor cantidad de periodistas presos en el mundo, solo después
de China. Otros gobiernos autoritarios observan y, sin dudas, aprenden de los esfuerzos de
Teherán por amordazar a la prensa.
Bahari tuvo suerte ya que
contó con los recursos de Newsweek y
de Washington Post Company para respaldarlo. Con la ayuda del Comité para la
Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) y otras
organizaciones, pudimos organizar una campaña internacional a su favor.
Periódicos de todo el planeta publicaron avisos y editoriales exigiendo la
liberación de Bahari. Líderes del mundo entero exhortaron al gobierno iraní,
tanto a nivel oficial como extraoficial.
El negocio de los medios,
no obstante, está cambiando con celeridad. Al no poder afrontar el costo de las
corresponsalías extranjeras, hay cada vez más periódicos y revistas que confían
en los reporteros freelance que trabajan en el exterior. Estos periodistas
despiertan de igual modo sospecha entre dictadores y grupos de partidarios y
son ostensiblemente más vulnerables. Hacia fines de año, Irán aún mantenía
cautivos a tres viajeros estadounidenses, uno de los cuales había trabajado
como reportero freelance en Medio Oriente. En noviembre, dos corresponsales
freelance, uno canadiense y el otro australiano, fueron liberados por un grupo
rebelde somalí luego de 15 meses en cautiverio; sin ninguna organización de
prensa que los respaldara, su caso había recibido escasa atención. Nueve
periodistas freelance cayeron en represalia por su labor informativa en 2009,
mientras que otros 60 aún poblaban las cárceles de todo el mundo hacia fines de
año. A medida que los medios escritos y audiovisuales sigan deshaciéndose de
personal y buscando modos de cubrir los conflictos de manera más económica, la
cantidad de casos de este tipo solo seguirá creciendo.
En este nuevo entorno, los
periodistas locales van a cobrar mayor importancia –y van a asumir más riesgos.
En un Pakistán cada vez más violento, los reporteros locales enfrentan amenazas
del poder Talibán y de otros militantes, junto al asedio gubernamental y la
indiferencia militar ante su seguridad. (Un año atrás, Sami Yousafzai de Newsweek fue baleado a quemarropa por un asesino talibán y luego fue detenido por la
policía paquistaní en cuanto abandonó el hospital). La prensa somalí ha
padecido pérdidas devastadoras. Nueve
policías locales fueron asesinados en 2009 y decenas han huido del país.
Corresponsales occidentales –entre los cuales hay pocos que hoy se aventuren en
suelo somalí– ya no cuentan con recursos con los que confiar a la hora de
reunir información básica. Según el periodista Paul Salopek, ganador del Premio
Pulitzer, “fueron quienes primero respondieron, por así decir, a brindar
noticias en Somalia. Y la mayoría de ellos se ha ido”. A diferencia del viajero
estadounidense, los reporteros apresados dentro de la cárcel de Evin son
iraníes que trabajaban para medios locales; muchos de ellos han sido
intimidados a mantenerse en silencio o han abandonado el país.
Un puñado de esos
prisioneros iraníes son blogueros, o bien reporteros y editores de sitios de
Internet opositores. Y con razón. En muchas sociedades represivas, en las
cuales los periódicos y las estaciones de radio y televisión son periódicamente
clausurados, los reporteros que trabajan en línea han sido a menudo los más hábiles
para sortear las restricciones a la prensa. En Cuba, por ejemplo, en donde
existen al menos 25 blogs periodísticos cubriendo cuestiones sociales y
noticias políticas, los blogueros ensamblan computadoras personales a partir de
partes compradas en el mercado negro y usan sus preciados ahorros para comprar
tiempo en cibercafés. Pero así como
sucede con otros reporteros freelance, también trabajan sin el tipo de
protección institucional –incluyendo abogados, dinero y afiliación profesional–
que podría ayudarlos a resguardarse del acoso o las detenciones. Esta clase de
reporteros son especialmente vulnerables en China, Myanmar, Vietnam e Irán. De
hecho, la mitad de los periodistas en cárceles de todo el mundo son reporteros
que trabajan en la Internet.
Este panorama cambiante
hace que el trabajo realizado por el CPJ se vuelva más crucial que nunca. Los
regímenes represivos, como el de Irán, descansan en el anonimato de sus
víctimas, en el hecho de que el mundo ignora o pasa por alto a quienes llevaron
a cabo los arrestos y los motivos para hacerlo. Y sin la impronta de una
importante organización de prensa es, en verdad, muy fácil que los blogueros,
los reporteros freelance y los periodistas locales desaparezcan. Lo que ellos
necesitan es el tipo de atención que el CPJ puede aportar. Los gobiernos,
efectivamente, responden a una acción coherente, fundamentada y bien
publicitada –de otro modo, un reportero como Bahari aún seguiría en la cárcel.
En Rusia, hubo otros tres periodistas que cayeron en cumplimiento de su labor
informativa durante el año, elevando así a 19 el número de reporteros asesinados
desde el inicio de la década. En respuesta a la creciente preocupación
internacional, incluyendo una visita de una delegación del CPJ a Moscú, las autoridades
rusas acordaron volver a evaluar varios casos no resueltos.
El activismo brinda
resultados, y esos resultados nos benefician a todos: a quienes contratan a
reporteros freelance; a quienes confían en blogs locales para obtener
información de primera mano sobre países remotos; a quienes trabajan con
periodistas locales que tienen la clase de comprensión y vínculos que sólo se
construyen a lo largo de años. Por encima de todo, beneficia a nuestros
lectores, oyentes y telespectadores. Al apuntar contra los periodistas, el
régimen de Teherán espera bloquear de la mirada del mundo la represión y el
abuso que ejerce sobre su propio pueblo. Impedirles a ellos y a otros como
ellos tener éxito es una misión que amerita nuestros máximos esfuerzos.
Fareed Zakaria es
editor de Newsweek International y
conductor de “Fareed Zakaria GPS” en CNN. Es autor de varios libros, incluyendo
los best-sellers El futuro de la libertad
y El mundo pos-americano.

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