I long to forget, but cannot. To erase from my memory the murmurs of suffering, the plaintive screams of torture, the screeching bars, the unmistakable music of padlocks, the garrulous sentinels...
I try also to forget the dismal silence of those petrified dungeons. The eternally cold nights spent in punishment cells. The rats, the cockroaches, the spiders...and most of all the swarm of mosquitoes that drained my blood every second of my ephemeral existence in that hell.
I aspire to sleep
soundly, without being jolted awake. I aspire to live like a normal person,
without daily visits from prison's ghosts.
• Español
I suffer when I see my
brother for the cause, Juan Carlos Herrera Acosta, his lips sewn shut with wire
to show his jailers that he prefers to die from starvation than to abandon his
principles. I see Juan Carlos's eyes, at the edge of insanity, I see his skin,
colorless after the suffering he has endured in the punishment cells. I see
Juan Carlos and the anguish overcomes me.
I can no longer bear
to see the image of Roberto Ramos Hernández--who was arrested for robbery--two
syringe needles sticking into the dark part of his eyes, or that of him
enveloped in a burning foam mattress engulfed in tongues of fire. I don't want
to look upon the despair of this man, rendered blind by the negligence of his
jailers who provoked his self-assault and then denied him the medical attention
he required.
Another man appears to
me crying from the pain of his rotting flesh after having injected petroleum
into each of his legs. Jorge Ramírez Roja, alias Riquinbili (a motorized
bicycle), also makes his way into my hostel room. This paraplegic, charged with
robbery, uses a shaving knife to cut his scalp alongside the place where he had
cerebral aneurysm surgery, in an effort to get the medicines and specialized
medical care he has been denied for over six months. Not to mention the many
that file through my nightmares each day with their guts open, with wounds on
their arms, thighs, and anywhere else they can inflict injury, a tactic to try
to gain prison rights established by law and so often violated with brazen
impunity.
Nor do I wish to
listen to the sad confessions of the torture victims, to see their tears or to
feel, in my own flesh, the cold steel handcuffs pressing their wrists against
the bars of their cells. I have even less desire to see them crucified naked on
the bars awaiting a coldwater bath at dawn as the mosquitoes stick to their
skin and suck, drop by drop, the little blood that is left to warm them.
I detest losing all
sensation in my upper and lower limbs, as Amaury Fernández Tamayo--arrested for
human trafficking--lost sensation when he was tortured. I detest having my hands
handcuffed behind my back and attached to my feet, also handcuffed, and lying
for hours on my side on the cold, damp cell floor while insects and rodents
walk all over my garroted body being tortured with the technique known in
prison slang as "Little Chair."
I want to sleep
without enduring the pain caused by a rubber cane or tonfa used to bruise or
break my skin.
Why does Roberto
Rodríguez, a common criminal, visit me drowning in a pool of his own blood,
unconscious, moribund, and denouncing the chief of conduct at the Kilo 7
prison, Lte. Didier Fundora Pérez, who ordered Unit Chief Daniel Primelles Cala
to assassinate him? Why won't Roberto let me rest?
I have no desire to
taste the burundanga, that main course composed, so they say, of animal guts,
but which everyone knows contains skull, brain and even excrement. The dish's
rank odor gives these ingredients away. Nor would I like to taste the flavor of
rotten tenca, the fish that resembled a magnet covered with pins when it was
served to us. I don't care to have the sensation of sandpaper scratching my
throat when eating the famous cereal composed of God knows what for breakfast.
It's best not to discuss the soups for that would only insult water with not
quenching one's thirst.
My pen is still weak with hunger, with the gut-wrenching pain caused by my 19-day hunger strike.
But the hardest to
forget is the suffering of my mother, my wife, and my daughter who, at barely
one year of age, bit the scourge of treachery of the limitless cruelty of a
communist government, just for being a dissident's daughter.
This entry is part of an ongoing series of first-person stories by Cuban journalists who were imprisoned in a massive roundup of dissidents that has become known as the Black Spring of 2003. All of the reporters and editors were convicted in one-day trials, accused of acting against the "integrity and sovereignty of the state" or of collaborating with foreign media for the purpose of "destabilizing the country." Seventeen of them were recently released and exiled to Spain as part of a deal between the Catholic Church and the Cuban government; however, three arrested in 2003 still remain behind bars.
Intentando
olvidar: Recuerdos de tortura persiguen a periodista cubano excarcelado
Por
Normando Hernández González
Anhelo olvidar, pero no puedo. Borrar de mi memoria el susurro del sufrimiento, los gritos lastimeros de la tortura, el chirriar de los barrotes, la inconfundible música de los candados, a los gárrulos centinelas...
Trato también de olvidar el hosco silencio de los petrificados calabozos. Las noches frías y eternas vividas en las celdas de castigo. A las ratas, las cucarachas, las arañas...y sobre todo al enjambre de mosquitos que me desangraban a cada segundo de mi efímera existencia en aquel infierno.
Aspiro a dormir tranquilo, sin sobre saltos. Aspiro a vivir como una persona normal, sin que los fantasmas de la prisión me visiten como lo están haciendo cada día.
Sufro al ver a mi hermano de causa, Juan Carlos Herrera Acosta, con los labios de la boca cocidos con un alambre demostrándoles a sus carceleros que prefiere morir de inanición que claudicar en sus principios. Veo los ojos de Juan Carlos rayando la locura, veo su piel que pierde el color gracias al sufrimiento padecido en las celdas de castigo. Veo a Juan Carlos y la angustia se apodera de mí.
No soporto ver más a Roberto Ramos Hernández con dos agujas de inyectar introducidas por la parte oscura de sus ojos ni envuelto en un colchón de espuma ardiendo entre grandes lengüetadas de fuego. No quiero ver la desesperación de este hombre que se quedó ciego por la negligencia de sus carceleros que provocaron se auto-agrediera y luego no le ofrecieron la atención médica que necesitaba.
Rafael aparece llorando por el dolor que le produce la carne podrida después de haberse inyectado petróleo en cada una de sus piernas. Asimismo hace entrada al cuarto del Hostal, Jorge Luis Ramírez Roja, alias Riquinbili, que es parapléjico y se corta con una cuchilla de afeitar el cuero cabelludo, al lado de una cirugía que tiene de Aneurisma Cerebral, buscando le den los medicamentos y la asistencia médica especializada que le niegan hace ya más de seis meses. Para qué hablar de los que desfilan, todos los días, en mis pesadillas con el abdomen abierto, con heridas en los brazos, los muslos y en cualquier otra parte del cuerpo provocadas por ellos mismo buscando les otorguen los derechos penitenciarios que están reglamentados y que descarada e impunemente se les viola.
Tampoco deseo escuchar las tristes confesiones de los torturados ni ver sus lágrimas ni sentir, en carne propia, el frío acero de las esposas apretando sus muñecas a la reja de los calabozos y mucho menos verlos desnudos crucificados a la reja y recibiendo, en horas de la madrugada, un baño con agua fría mientras que los mosquitos se pegan a su piel y le chupan gota a gota la poca sangre que los puede calentar.
Detesto no sentir mis miembros inferiores y superiores por tenerlos, totalmente, entumecidos como no lo sintió Amaury Fernández Tamayo cuando lo torturaron. Detesto tener esposadas las manos a la espalda y unidas a los pies, que también están esposados, y permanecer, durante horas, acostado de lado en el frio y húmedo piso de una celda mientras los insectos y roedores caminan por encima de mí agarrotado cuerpo por estar siendo torturado con la tortura que se conoce en el argot presidiario como "La Sillita"
Quiero dormir sin padecer el dolor que provoca el bastón de goma o la tonfa cuando magullan la piel, cuando la contusionan o le producen hematomas y/o heridas.
Por qué Roberto Rodríguez me visita ahogándose en medio de un charco de su propia sangre, inconsciente, moribundo denunciando al jefe de Orden Interior, de la prisión de Kilo 7, Tte. Didier Fundora Pérez, que ordenó al jefe de pelotón, también de Orden Interior, Suboficial de Primera, Daniel Primelles Cala, que lo asesinara. ¿Por qué Roberto no me deja descansar?
No apetezco degustar la Burundanga. Aquel plato fuerte compuesto, según decían, por las vísceras de las reses, pero que todos estábamos seguros de que estaba incluido en su elaboración los cascos, los tarros y hasta el excremento. El mal olor denunciaba estos componentes. Tampoco quisiera sentir en mi paladar el sabor de la Tenca podrida, ese pescado que cuando lo ofertaban parecía un imán lleno de alfileres. No gusto tener la sensación de una lija rayando mi garganta al tomar en el desayuno el famoso cereal que solo Dios sabe de qué estaba compuesto. Sobre los caldos, mejor ni hablar porque sería ofender al agua que no mata la sed.
No puedo sacar del tintero el desfallecimiento, el dolor de las tripas cuando se me retorcían de hambre por llevar diez y nueve días en huelga sin ingerir alimento alguno.
Pero lo que sí no puedo ni creo que pueda olvidar algún día es el sufrimiento de mi madre, el de mi esposa y el de mi niñita que con apenas un añito de nacida mordió el azote de la alevosía, de la crueldad sin límites de un gobierno comunista, por el solo hecho de ser la hija de un disidente.
Ayúdame mí Dios. Ayúdame a hacer borrón y cuenta nueva y perder la memoria pasiva de hace ochenta y ocho meses atrás, para ver si así puedo vivir.
Este
artículo es parte de una serie de historias escritas en primera persona por
periodistas cubanos que fueron arrestados en una redada masiva contra
disidentes conocida como la Primavera Negra de
2003. Todos los reporteros y editores fueron condenados en juicios de un día de
duración, acusados de actuar contra la "integridad y la soberanía del estado",
o de colaborar con medios extranjeros con el propósito de "desestabilizar el
país". Diecisiete de ellos fueron recientemente liberados y enviados al exilio
en España como parte de un acuerdo entre la Iglesia Católica y el gobierno
cubano. Tres periodistas detenidos en 2003 permanecen todavía tras las rejas.

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The unbelievable cruelty rained down onto these courageous people is just beyond comprehension. Unfortunately, the world turns a blind eye. It doesn't affect them (so they think!) The world needs more people like Normando Hernández González.