Ataques a la Prensa

Rompiendo el silencio

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El 11 de febrero de 2011, mientras los y las periodistas documentaban la estruendosa celebración en la Plaza Tahrir de El Cairo tras la caída de Hosni Mubarak, la historia dio un giro súbito e inesperado. Lara Logan, corresponsal del programa 60 Minutos de la cadena CBS, quien se encontraba informando desde la plaza, fue separada violentamente de su equipo de noticias y sus escoltas por una turba de hombres. Ellos le desgarraron las ropas, la golpearon y la atacaron salvajemente mientas la violaban repetidamente con las manos. Logan fue salvada por un grupo de mujeres egipcias que reprendieron a sus atacantes hasta que un grupo de efectivos del Ejército egipcio llegaron y la trasladaron a un lugar seguro.

ÍNDICE
Attacks on the Press book cover

Los detalles del ataque a Logan fueron imprecisos y en el período inmediato que le sucedió hubo mucha confusión, al igual que alguna que otra crítica predecible pero desafortunada. Algunos cuestionaron el criterio de Logan al informar desde la Plaza Tahrir en un momento tan volátil. Otros cuestionaron si ella estaba vestida de la manera apropiada.

Pero entre las destacadas periodistas con quien estaba en contacto en esa época, había una preocupación más seria: que la intensa cobertura informativa del ataque a Logan las pudiera afectar en lo profesional. Durante su trayectoria profesional, estas periodistas habían superado la discriminación y la resistencia de editores y gerentes al emprender las coberturas periodísticas más peligrosas y difíciles. A ellas les preocupaba que el énfasis en el riesgo de violencia sexualizada pudiera reforzar la resistencia por parte de los editores. Esta preocupación no era meramente académica. En noviembre de 2011, luego de un ataque sexualizado contra la periodista francesa Caroline Sinz, Reporteros sin Fronteras (RSF) difundió una declaración que advertía: “Esta es por lo menos la tercera vez que una periodista ha sido agredida sexualmente desde el comienzo de la Revolución Egipcia. Los medios deben tomar esto en cuenta y por el momento dejar de enviar a periodistas de sexo femenino a cubrir la situación en Egipto”.

La respuesta fue inmediata y dura. Writing in theEn artículo publicado en el diario The Guardian, la periodista y documentalista Jenny Kleeman observó: “La amenaza a las mujeres es innegable y no debe subestimarse. Pero al mismo tiempo, también lo es la amenaza a los hombres. En lo que va de 2011, 58 periodistas han caído en el ejercicio de la profesión, apenas dos de ellos mujeres. Sin embargo, no he visto ninguna declaración de RSF que inste a no enviar a periodistas de sexo masculino al terreno”. En respuesta a la indignación, RSF modificó la declaración, que en la actualidad dice: “Es más peligroso para una mujer que para un hombre cubrir las manifestaciones de la Plaza Tahrir. Esa es la realidad y los medios deben enfrentarla”.

Durante los tres meses posteriores al ataque a Logan, Wolfe entrevistó a decenas de periodistas que describieron sus experiencias con la violencia sexual, y muchos hablaron públicamente por primera vez. Estos incidentes iban desde la violación hasta el manoseo y el acoso durante manifestaciones. Las víctimas le contaron a Wolfe que se habían mantenido calladas por diversas razones, entre ellas las normas sociales, la convicción de que las autoridades no llevarían a cabo una investigación y, lo más alarmante, la preocupación de que serían objeto de discriminación en sus propias redacciones periodísticas.

El informe del CPJ llevó por título “El crimen que silencia,” en alusión a la manera como la violencia sexualizada estigmatiza y censura a la vez. “El crimen que silencia” recibió una amplia cobertura por parte de los medios, y fue el primero de una serie de informes publicados, entre ellos una iniciativa conjunta del Instituto Internacional para la Seguridad de la Prensa (International News Safety Institute, INSI) y la Fundación Internacional de Mujeres en los Medios (International Women's Media Foundation, IWMF), los que en marzo de 2014 publicaron “La violencia y el acoso contra la mujer en los medios de comunicación: un panorama mundial.”

El 1 de mayo de 2011, Logan fue entrevistada en “60 Minutos” por su colega Scott Pelley y ella resueltamente describió su experiencia en detalle. Cuando le preguntaron por qué lo estaba denunciando, Logan respondió que quería “romper el silencio” y observó que las mujeres “nunca se quejan por incidentes de violencia sexual porque una no quiere que alguien diga 'Bueno, es que las mujeres no deberían estar allí'. Pero creo que hay muchas mujeres que viven esta clase de cosas como periodistas y ellas no quieren que interrumpan su trabajo porque lo hacen por las mismas razones mías: están comprometidas con la profesión. No es que sean adictas a la adrenalina, no están deseosas de gloria, lo hacen porque creen en la profesión periodística”.

Un joven egipcio agarra a una mujer que cruza la calle con sus amigas en El Cairo en 2012.  Varias periodistas fueron atacadas en la Plaza Tahrir de la ciudad tras la caída de Hosni Mubarak. (AP/Ahmed Abdelatif, periódico El Shorouk)

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Cinco años después, el panorama es muy diferente. En ciertos sentidos es mejor, pero peor en otros. Este año, Ataques contra la prensa aborda no solamente la violencia sexualizada y el acoso por Internet, sino también más ampliamente la relación entre el género y la libertad de prensa desde diversas perspectivas.

La periodista colombiana Jineth Bedoya Lima ofrece un conmovedor y desgarrador relato de cuando fue violada hace 16 años por sujetos que intentaron castigarla por sus artículos sobre el tráfico de armas y para aterrorizar a otros que pudieran investigar historias similares. Bedoya no se dejó silenciar. No sólo continuó sus denuncias, sino que su valentía unió a los colombianos para hacer frente a la problemática de la violencia sexualizada. Hoy, por decreto presidencial, la fecha del secuestro de Bedoya, el 25 de mayo, se conmemora con marchas y manifestaciones como el Día Nacional por la Dignidad de las Mujeres Víctimas de Violencia Sexual. “Las palabras ciertamente pueden cambiar el mundo”, observa Bedoya en su ensayo.

Las palabras también pueden causar enorme daño, como vemos en una serie de ensayos sobre el acoso por Internet a mujeres periodistas, inclusive el fenómeno del troleo por Internet --el acoso selectivo y sistemático de usuarios de foros digitales por parte de sujetos hostiles, lo cual en muchos casos incluye las amenazas contra la integridad física--. En su fascinante artículo, Elisabeth Witchel analiza la cuestión desde la perspectiva de los troles. ¿Quiénes son estas personas y por qué se dedican a lo que se dedican? Las respuestas son sorprendentes.

Un artículo de Michelle Ferrier, ex columnista del diario Daytona Beach News-Journal, de la Florida, describe el saldo emocional ocasionado por la denigración y la agresión verbal constantes. En el caso de Ferrier, la mayoría de los ataques venían en forma de cartas y no de mensajes de Twitter, y se centraban más en su raza que en su género. Pero Ferrier capta los sentimientos de miedo, impotencia y aislamiento que enfrentan las personas que viven insultos incesantes. “A no ser que le suceda a uno, es difícil imaginar qué se siente ante este tipo de acoso”, escribe la periodista. “Créame. Es mejor que usted no lo sepa”.

Otros ensayos examinan el desafío y las consecuencias de la discriminación de género en varias sociedades. Yaqiu Wang describe cómo, incluso a medida que más y más mujeres ejercen la profesión del periodismo en China, las oportunidades de progreso profesional se mantienen limitadas. Preethi Nallu analiza a las periodistas que informan sobre la Libia posterior a Qaddafi, que se ha convertido en una nación menos abiertamente represiva pero más polarizada y violenta. Algunas periodistas se han marchado al exilio debido a que son muy visibles. Jessica Jerreat examina los diversos desafíos que enfrentan los y las periodistas transexuales que intentan superar la discriminación en las redacciones del Reino Unido y proteger su integridad física mientras informan en Uganda. Jake Naughton aborda cómo los hombres y las mujeres homosexuales --e incluso los periodistas que cubren sus problemáticas-- son objeto de acoso en Kenia.

Por otra parte, Alessandria Masi y Erin Banco describen las ventajas que las periodistas aportan a la cobertura de temas complejos y nos recuerdan lo que se pierde cuando sus voces son marginadas. Masi, una periodista radicada en Beirut, utiliza los medios sociales para informar sobre el Estado Islámico, y ha descubierto que su género le aporta nuevas perspectivas sobre las estrategias de reclutamiento del Estado Islámico y sobre el tipo de sociedad que pretenden crear. Banco, quien informó desde el Medio Oriente, revela cómo ha obtenido experiencia como reportera de conflictos pero ha tenido que ganarse el respeto de sus fuentes y colegas masculinos. Al mismo tiempo, la periodista ha descubierto que su género es una ventaja. “Como mujer, puedo obtener acceso a las mujeres y las muchachas a quienes con frecuencia se les pide que se sienten en la habitación de al lado mientras entrevisto al padre, el hermano o el tío”, escribe la reportera. “Como mujer, me puedo sentar a solas con una madre y sus hijos sin la presencia del esposo y hablar con ella con franqueza”. A veces, señala Kathleen Carroll en su ensayo, a una mujer también se le puede conceder acceso especial en lo referente a reconfortar a periodistas que sufren ataques.

Existen muchas historias inspiradoras, aunque a veces hay que buscar para encontrarlas. Arzu Geybullayeva describe cómo una amiga suya, la periodista azerbaiyana Khadija Ismayilova, ha desafiado con valentía todos los intentos por acallarla, enfrentando campañas de desprestigio, los ataques a la integridad y, en última instancia, un procesamiento y juicio fraudulentos que provocaron que fuera sentenciada a una pena de siete años y medio de cárcel. Kerry Paterson describe cómo los periodistas están contribuyendo a llevar justicia a las víctimas de la violencia sexual --a veces perpetrada por los propios efectivos de las fuerzas de paz internacionales-- en la República Democrática del Congo y la República Centroafricana. Y María Salazar-Ferro ofrece un perfil de cuatro valientes mujeres que han liderado la lucha por la justicia en casos de periodistas que han desaparecido o han sido encarcelados o muertos.

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Los ensayos de este libro desafían las diversas maneras como el género afecta lo que sabemos sobre el mundo y en particular los retos que las mujeres enfrentan en todas las sociedades para difundir las noticias. Varios otros ensayos abordan el difícil interrogante de qué se puede hacer al respecto.

La directora de campañas del CPJ, Courtney Radsch, examina las formas como los periodistas intentan combatir el abuso por Internet basado en el género y el debate sobre el anonimato en la Internet. Karen Coates analiza algunos de los entrenamientos en seguridad especializados que se ofrecen a las periodistas. Dunja Mijatović, relatora especial para la Libertad de Expresión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, esboza una serie de medidas prácticas y concretas que los encargados de formular políticas pueden adoptar para combatir el acoso por Internet.

Todas estas son medidas importantes que tienen el potencial de mejorar la vida de los periodistas de cualquier género y en particular de las mujeres. Sin embargo, dada la amplitud de los desafíos --violencia sexualizada, acoso, discriminación--, las medidas parecen ser a todas luces insuficientes. Sin duda, se está suprimiendo a voces vitales y, como resultado, faltan elementos de la información que necesitamos para entender la complejidad del mundo en que vivimos.

Ello es terriblemente angustiante hasta que uno considera en qué medida el debate abierto en torno a la cuestión del género representa progreso. Hasta hace unos pocos años, cuando Lauren Wolfe realizaba las investigaciones de su informe para el CPJ, ella encontró a tantos periodistas que nunca habían hablado de sus experiencias. Hoy, el panorama ha comenzado a cambiar. Como lo pone de relieve este informe, las víctimas de la violencia sexualizada --en su mayoría mujeres, pero también hombres-- se están expresando. Al hacerlo, están contribuyendo a reducir el estigma y facilitando que otras víctimas hablen sobre sus experiencias. Ello, a su vez, ayuda a formular respuestas.

Mientras más periodistas denuncien estos abusos ocultos, mejor puede el CPJ documentar las violaciones, lo cual significa más datos que nos ayudarán a entender la naturaleza y amplitud del problema. En 2016, el CPJ coordinará mejor sus esfuerzos para documentar incidentes de violencia sexualizada y categorizarlos en nuestro sitio web. También abordaremos más esta problemática, utilizando este informe para organizar una serie de eventos y debates.

La violencia sexualizada es diferente. En su versión más extrema, es un horror casi incomprensible, como lo demuestra el relato de Jineth Bedoya Lima. Nunca se puede aceptar ni considerar algo normal. Pero los y las periodistas deben confrontar el riesgo para poder realizar su trabajo. Los editores, gerentes, colegas y defensores de la libertad de prensa deben respetar y apoyar sus decisiones, e intentar mitigar el riesgo y a la vez reconocer que nunca se puede eliminar. La realidad de la violencia sexualizada --sin mencionar los otros desafíos que las mujeres enfrentan para difundir las noticias--nunca debe utilizarse para limitar oportunidades. Aunque es difícil hallar soluciones, hablar al respecto abiertamente es un primer paso importante. Esperamos que este libro haga un aporte a ese difícil proceso.


Joel Simon es director ejecutivo del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés). Ha escrito numerosos artículos sobre cuestiones de medios para publicaciones como Slate, Columbia Journalism Review, The New York Review of Books, World Policy Journal, Asahi Shimbun y The Times of India. Su libro The New Censorship: Inside the Global Battle for Media Freedom (La nueva censura), fue publicado en noviembre de 2014.

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