Luchando por la verdad

Los periodistas tienen una cantidad enorme de trabajo por cumplir
Por Christiane Amanpour

Ni en un millón de años me imaginé haciendo un llamado a favor de la libertad y seguridad de los periodistas estadounidenses en nuestro país. Pese al hostil discurso de la campaña presidencial de Estados Unidos, tenía la esperanza de que, tras convertirse en presidente electo, Donald Trump cambiaría su tratamiento de la prensa.

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Attacks on the Press book cover

Pero sentí escalofríos cuando, entre los primeros tuits que Trump envió luego de las elecciones, había uno sobre “manifestantes profesionales incitados por los medios”. Aunque posteriormente él retractó la parte sobre los manifestantes, no suavizó su posición sobre la incitación por parte de los medios. Aunque todavía no hemos llegado a ese punto, les traigo noticias sobre el mundo: así es como funcionan los gobernantes autoritarios como Abdel Fattah el-Sisi, de Egipto; Recep Erdoğan, de Turquía; Vladímir Putin, de Rusia; los ayatolas; Rodrigo Duterte, de Filipinas, y otros.

Los periodistas internacionales lo saben demasiado bien: primero, se acusa a los medios de incitar, simpatizar y asociarse; luego, súbitamente, se les acusa de ser subversivos plenos y hasta terroristas. Los periodistas terminan esposados, colocados en jaulas dentro de tribunales arbitrarios, en la cárcel y, luego, ¿quién sabe?

A finales de 2016, el mandatario turco Erdoğan, quien tiene la ignominiosa distinción de gobernar el país con más periodistas encarcelados del mundo, declaró a mi colega israelí Ilana Dayan que él no podía entender que alguien protestara contra la elección de Trump en Estados Unidos, que ello debía significar que no aceptaban ni entendían la democracia. Él piensa que Estados Unidos, como todas las grandes naciones, necesita un hombre fuerte para lograr resultados. Pero lo que todas las grandes naciones necesitan es una prensa libre, y ciertamente no un hombre fuerte que quiera limitar la capacidad de la prensa de decir la verdad. De hecho, un gran Estados Unidos requiere una prensa grande, libre y segura.

Los periodistas enfrentan ‘una crisis existencial, una amenaza a la propia relevancia y utilidad de nuestra profesión’, declara la autora, que aparece en una foto de 2014. (CPJ)

Puesto que el periodismo está bajo asedio en todo el mundo, debemos hacer un llamado a proteger la propia profesión, inclusive en el país cuyos medios libres históricamente han asumido el liderazgo. Para hacerlo, debemos recomprometernos a informar sobre los temas con rigor, con apego a los hechos y con imparcialidad. Debemos resistirnos a ser catalogados de corruptos, mentirosos o fracasados. Debemos unirnos, porque divididos todos perderemos.

El historiador Simon Schama me dijo desde el principio que la campaña presidencial estadounidense de 2016 no se trataba simplemente de unas elecciones cualesquiera, y que no debíamos tratarla como tal. Luego de las elecciones, me dijo que si alguna vez había habido un momento para celebrar, honrar y proteger la libertad de prensa y el buen periodismo esencial, y para movilizarse en favor de ellos, era ahora.

Como muchas personas que observaban desde el extranjero, admito que resultó chocante el rasero excepcionalmente alto con que se midió a un candidato y el rasero excepcionalmente bajo con el que se midió al otro candidato. Pareció que gran parte de los medios hicieron un acto de contorsionismo tratando de diferenciar entre el equilibrio, la objetividad, la neutralidad y, crucialmente, la verdad.

No podemos continuar dándoles el mismo valor a los que niegan el cambio climático y a los que se basan en el hecho de que el 99.9 % de la evidencia científica empírica demuestra que el cambio climático provocado por el ser humano está ocurriendo. Aprendí hace mucho tiempo, mientras cubría los actos de limpieza étnica y de genocidio en Bosnia, a nunca equiparar a la víctima con el agresor, a nunca crear una equivalencia fáctica o moral falsa, porque entonces uno se convierte en cómplice de los más indescriptibles crímenes y consecuencias. Creo en ser veraz, no en ser neutral. Y creo que debemos dejar de banalizar la verdad. Como periodistas, debemos estar preparados para luchar particularmente duro por la verdad en un mundo donde el Diccionario del Inglés Oxford anunció que “posverdad” era la palabra destacada de 2016.

También debemos reconocer que los mismos medios sociales a los que nos hemos dedicado servilmente, nos han superado. El candidato ganador utilizó astutamente una maniobra evasiva y se dirigió directamente a la gente con cualquier versión de la verdad que escogió. Esa maniobra evasiva se combinó con el más increíble acontecimiento jamás visto, el tsunami de sitios de noticias falsas, también conocidas como mentiras, que de algún modo las personas no pudieron o no supieron reconocer, verificar o ignorar. Uno de los principales escritores de estos artículos falsos dice que las personas se están volviendo más tontas, que simplemente comparten noticias falsas sin verificar los hechos. Necesitamos preguntarnos si la tecnología finalmente ha aventajado la capacidad humana de mantenerse al día sobre los acontecimientos. Facebook necesita dar un paso al frente para frenar la circulación de noticias falsas, y los anunciantes necesitan boicotear los sitios que mienten. No puede tratarse la verdad como un término relativo.

Wael Ghonim, uno de los padres de la Primavera Árabe, que también ha sido llamada la revolución de los medios sociales, lo dijo de esta manera: “El mismo medio que con tanta eficacia transmite un mensaje de cambio clamoroso, al parecer también socava la capacidad de hacerlo. Los medios sociales amplifican la tendencia humana de unirse a las personas similares a uno. Tienden a reducir complejos retos sociales a lemas movilizadores que reverberan en cámaras de resonancia de personas con ideas afines en lugar de participar en la persuasión, el diálogo y la búsqueda de consenso. Las expresiones de odio y las falsedades aparecen al lado de las buenas intenciones y las verdades”.

Dada la multitud de retos que enfrenta la prensa libre en todo el mundo, inclusive en su bastión histórico, Estados Unidos, nosotros los periodistas enfrentamos una crisis existencial, una amenaza a la propia relevancia y utilidad de nuestra profesión. Ahora, más que nunca, necesitamos comprometernos con la cobertura periodística verdadera a lo largo de una nación real, un mundo real en el cual el periodismo y la democracia se encuentran en peligro de muerte, inclusive por parte de potencias extranjeras como Rusia, que pagan por producir y colocar noticias falsas y hackean sistemas democráticos en Estados Unidos y presuntamente en cruciales elecciones en Alemania y Francia, y que también hackean las instituciones de muchos otros países.

También debemos luchar contra un mundo posvalores y contra las acusaciones de “elitistas” que todos nos esforzamos hasta lo imposible por aceptar. ¿Desde cuándo los valores estadounidenses son elitistas? Ellos no son valores ni de izquierda ni de derecha. Ellos no son valores ni de ricos ni de pobres, ni valores de hombres olvidados. Al igual que muchos extranjeros, he aprendido que son universales. Ellos son los valores de los estadounidenses desde los más humildes hasta los más exaltados. Ellos forman los propios cimientos fundamentales de Estados Unidos y constituyen la base de su liderazgo global. Ellos representan la marca Estados Unidos. Ellos son el mayor artículo de exportación de Estados Unidos y su mayor regalo al mundo.

Mentir y promover mentiras no es un valor estadounidense. Sin embargo, las elecciones presidenciales de 2016 en realidad aceptaron tanta falsedad, y crearon un paradigma sin precedente: pocos imaginaron jamás que tantos estadounidenses que ejercían su deber sagrado en el espacio inviolable de las urnas, con su voto secreto, estarían lo suficientemente enojados como para ignorar la sistemática vulgaridad de lenguaje, el comportamiento predatorio sexual, la profunda misoginia, las opiniones ofensivas e intolerantes, y las deliberadas falsedades que a veces fueron seguidas de mentiras que afirmaban que esas falsedades nunca se habían dicho, aunque habían quedado grabadas en video. El exgobernador Mario Cuomo dijo que se hace campaña con poesía y se gobierna con prosa. Quizás lo contrario sea cierto en esta ocasión. Si no, todos debemos luchar como periodistas para defender y proteger el excepcional sistema de valores que da forma a este Estados Unidos, y con el cual intenta influir sobre el mundo.

Luego de las elecciones, hubo un encuentro con gritos de “Heil, victoria” en Washington, D.C., lo cual representaba una desviación tan alejada de los valores estadounidenses tradicionales como es posible. ¿Por qué no hay más noticias sobre el peligroso auge de la extrema derecha aquí y en Europa? ¿Desde cuando el neonazismo y el antisemitismo dejaron de ser una prueba descalificadora en este país? Debemos luchar contra la normalización de lo inaceptable.

Una semana antes del acalorado referendo sobre el brexit en el Reino Unido, Jo Cox, hermosa, joven, optimista, idealista y compasiva parlamentaria que era partidaria de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, murió baleada y apuñaleada por un maníaco que gritaba “Gran Bretaña primero”. En su juicio, el tribunal escuchó que el acusado había buscado información sobre las SS y el KKK. El esposo de Cox, Brendan, quien ahora cría a sus dos pequeños niños, amplió el tema por mí en un artículo de opinión que había escrito:

“Los líderes políticos y la sociedad en general deben aceptar la responsabilidad de pronunciarse contra la intolerancia. A menos que el centro aguante contra el insidioso desplazamiento del extremismo, la historia muestra cuán rápidamente se normaliza el odio. Lo que comienza con morderse la lengua por conveniencia política, o por incomodidad social, pronto se transforma en complicidad con algo mucho peor. Antes de que uno se dé cuenta, ya es demasiado tarde”.

¿Qué debemos hacer? Además de informar la verdad, y no normalizar lo inaceptable, debemos asegurar que la guerra de desgaste de este país llegue a su fin. Las elecciones presidenciales estuvieron muy reñidas, pero ilustraron una marcada división. Y al mismo tiempo revelaron y aprovecharon un pozo extraordinariamente profundo y lleno de ira. ¿Los que trabajamos en los medios vamos a seguir fomentando esa guerra? ¿O vamos a respirar profundamente y tener un nuevo comienzo?

Estas cuestiones no son solamente importantes para el futuro de Estados Unidos y de los medios nacionales. Ellas también son importantes de cara al mundo. Para bien o para mal, Estados Unidos es la única superpotencia mundial, y sus ejemplos en materia de política y medios son emulados y desplegados en todo el mundo. Nosotros, los medios, podemos contribuir o bien a un sistema más funcional o bien a profundizar la disfunción política.

¿Qué mundo queremos dejar a nuestros hijos?

La política estadounidense se ha arrinconado en un espacio de parálisis, partidismo y toxicidad, donde las diferencias políticas son penalizadas, donde el juego de suma cero significa que para que yo gane, tengo que destruir al rival. ¿Qué sucedió con la búsqueda de consenso y de un terreno común? Esa misma dinámica ha infectado a poderosos segmentos de los medios estadounidenses, al igual que ha ocurrido en Egipto, Turquía y Rusia, donde los periodistas han sido obligados a ocupar rincones partidistas políticos, han sido deslegitimizados y han sido acusados de ser enemigos del Estado. El propio periodismo se ha convertido en un arma. No podemos dejar que eso suceda.

Todos tenemos una enorme labor en qué enfrascarnos: investigar actos ilícitos, hacer que los poderosos rindan cuentan de sus actos, posibilitar un gobierno decente, defender derechos elementales, cubrir verdaderamente el mundo. Como profesión, debemos luchar por lo que es correcto. Debemos luchar por nuestros valores. Porque suceden cosas malas cuando la gente buena no hace nada.

En las palabras de ese gran líder de los derechos civiles, el congresista John Lewis: “Los jóvenes y los no tan jóvenes tienen la obligación moral y la misión y el mandato de meterse en buenos problemas”.

Entonces, salgamos y creemos problemas. Luchemos por seguir relevantes y útiles. Vamos a descubrir las mentiras y llamarlas por lo que son, y luchar por la verdad. Porque el futuro del mundo depende de ello.

Christiane Amanpour es corresponsal internacional en jefe de CNN, presentadora del programa de asuntos globales “Amanpour” de la misma emisora, asesora sénior de la junta directiva del CPJ y embajadora de buena voluntad de la UNESCO para la seguridad y la libertad de la prensa. En noviembre de 2016, recibió el Premio en Memoria de Burton Benjamin, otorgado por el CPJ, en reconocimiento de sus extraordinarios y sostenidos logros en la causa de la libertad de prensa. Este texto ha sido adaptado a partir de su discurso de aceptación del premio.

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