Transmitir el asesinato: grupos radicales utilizan a los medios con fines macabros

Por Joel Simon y Samantha Libby

Un islamista radical utiliza un teléfono móvil para filmar a otros combatientes del Estado Islámico que participan en un desfile militar por las calles de las ciudades de la provincia siria de Raqqa el 30 de junio de 2014. (Reuters)

La noticia del asesinato del periodista James Foley, ocurrido el 19 de agosto de 2014, no salió primero en los medios, sino en Twitter. La prensa se enfrentó a dos angustiosos interrogantes: cómo informar sobre el asesinato y qué partes del video mostrar. Si un grupo o individuo comete un acto de violencia, y luego lo filma, ¿cómo pueden los medios informar sobre el hecho sin amplificar el mensaje propagandístico?

Los periodistas que acudieron en masa a Siria cuando el conflicto estalló en ese país en 2011 no tuvieron que lidiar tan frecuente ni públicamente con estas cuestiones. Tanto veteranos corresponsales de guerra como periodistas ciudadanos locales cubrieron la guerra, y las noticias se enfocaban principalmente en la violencia y el enorme saldo de víctimas que dejaba entre la población civil.

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Attacks on the Press book cover

Sin embargo, para la segunda mitad de 2013 el panorama para el ejercicio periodístico en Siria había cambiado dramáticamente. Un total de 62 periodistas habían muerto y los secuestros de periodistas ocurrían a razón de uno por semana. Los grupos rebeldes que en una época habían amparado a los periodistas ahora los elegían como blanco.

Para la Associated Press, que con regularidad había enviado a sus reporteros y a periodistas freelance a Siria, el creciente nivel de riesgo obligó a un reajuste. “Ir a un frente de guerra no es nada nuevo para nosotros”, sostuvo Santiago Lyon, vicepresidente y director de fotografía de AP. “Lo que cambió radicalmente las cosas fue el secuestro a cambio de rescate”.

Al no poder colocar a sus propios reporteros en el terreno, AP dependió del “contenido generado por los usuarios”, en su mayoría imágenes suministradas por activistas y ciudadanos locales o extraídas de las redes sociales. Este enfoque planteó desafíos en cuanto a asegurar la veracidad y contrarrestar el sesgo informativo, pero, como observó Lyon, “es mejor tener alguna perspectiva que no tener ninguna”. El resultado fue un delicado equilibrio entre la documentación ciudadana no profesional y artículos cuidadosamente verificados.

El auge del Estado Islámico, también conocido como Estado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL), pulverizó ese equilibrio. A medida que el Estado Islámico se fortalecía hasta convertirse en la fuerza rebelde dominante en el territorio sirio, la organización fue suprimiendo todas las fuentes informativas independientes en las zonas bajo su control mientras difundía por sus propios canales macabros videos que mostraban la ejecución de prisioneros, civiles y fuerzas enemigas. Los videos tenían la intención de sembrar el terror y al mismo tiempo reclutar seguidores.

Lyon enfrentó el dilema de informar sobre los videos del Estado Islámico inclusive antes de la decapitación de los periodistas freelance Foley y Steven Sotloff. Los videos muchas veces mostraban acontecimientos que claramente tenían valor noticioso, como por ejemplo lo que según el Estado Islámico fue la ejecución de más de 1,700 soldados chiitas cerca de Tikrit. Lyon decidió distribuir capturas de pantalla y clips de video a los clientes de AP, en los cuales se omitían los detalles más explícitos.

“Ellos están publicando todo esto por una razón”, afirmó Lyon. “El desafío es mostrar la realidad sin sucumbir a la propaganda”.

Por supuesto que Lyon entendió que mediante el empleo de las redes sociales y la Internet, los videos del Estado Islámico llegarían a un público masivo, independientemente de las cuidadosas deliberaciones realizadas en el seno de AP u otras organizaciones. Lyon reconoció que la estrategia del Estado Islámico era saltarse a las organizaciones de medios establecidas y alcanzar directamente al público elegido como destinatario. Después de todo, los combatientes del Estado Islámico no ofrecen entrevistas, sino que hablan directamente a la cámara.

Pese a la atención y la condena internacionales que han suscitado los videos del Estado Islámico, que los autores de actos de violencia los documenten no es en sí algo nuevo. Desde los nazis hasta el Jemer Rojo, los estados autoritarios han documentado de manera sistemática sus propias violaciones graves, inclusive el genocidio. De hecho, muchos mecanismos modernos de derechos humanos se articularon a partir de la indignación creada por estas imágenes. El gobierno de Mubarak, en Egipto, y el gobierno de Assad, en Siria, son algunos de los muchos regímenes que han documentado sus propias sesiones de tortura. Los soldados –inclusive los miembros de las fuerzas armadas de Estados Unidos que filmaron actos de tortura y humillación en Abu Ghraib– históricamente han dejado constancia de sus actos en el escenario bélico.

Sin embargo, ninguna de estas imágenes estuvo destinada para el consumo público y los periodistas que las difundían cumplían con el ejercicio de la profesión al denunciar abusos anteriormente ocultos. La dinámica planteada por una nueva generación de lo que pudieran denominarse “videos de perpetradores” es muy diferente porque es imposible informar sobre los videos sin promover, en alguna medida, los intereses de los perpetradores de la violencia. La paradoja es la misma en la cobertura de videos producidos por el Estado Islámico en Siria, los carteles del narcotráfico mexicanos y otros actores no estatales, tales como Boko Haram en Nigeria. Estas organizaciones no se dedican simplemente a producir videos, sino que actúan como medios que compiten.

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La estrategia mediática del Estado Islámico no se desarrolló en un vacío: fue adaptada a partir de las estrategias empleadas por otros grupos islámicos, particularmente Al-Qaeda en Iraq, de la cual evolucionó el Estado Islámico.

Antes de los ataques terroristas del 11-S contra las ciudades de Nueva York y Washington, Al-Qaeda abordaba las relaciones con los medios de manera bastante convencional. Al igual que lo habían hecho históricamente muchas organizaciones criminales, políticas e insurgentes, Al-Qaeda dependía de los medios internacionales para transmitir su mensaje al mundo. El mismo Osama bin Laden organizaba conferencias de prensa a las que asistían periodistas occidentales y dio entrevistas en exclusiva a los periodistas Peter Arnett, de CNN, y John Miller, de ABC News. Bin Laden utilizó la entrevista que ofreció a Arnett en 1997 para dar a conocer públicamente su declaración de yihad o guerra santa contra Estados Unidos. Al preguntársele respecto a sus planes futuros, bin Laden respondió: “Los verán y escucharán en los medios, Dios mediante”.

Los periodistas se sentían seguros al realizar estas entrevistas porque los islamistas radicales necesitaban a los medios para difundir su mensaje. Peter Bergen, quien se desempeñó como productor de la entrevista con Arnett, observó: “Una vez que uno ingresaba al círculo íntimo de bin Laden, nunca se sentía amenazado”.

Pero la relación de Al-Qaeda con los medios internacionales cambió dramáticamente tras el secuestro y asesinato de Daniel Pearl, reportero del diario Wall Street Journal, hechos ocurridos en enero de 2002. Esa decapitación no fue un acontecimiento mediático orquestado de la misma manera en que lo fueron las ejecuciones cometidas por el Estado Islámico. De hecho, bin Laden reprendió a su jefe de operaciones, Khalid Sheikh Mohammed, quien llevó a cabo la ejecución de Pearl, por atraer “atención innecesaria a la red”, de acuerdo con un informe publicado por The Pearl Project, una investigación efectuada por estudiantes de la universidad de Georgetown.

En 2003, un jordano llamado Abu Musa’b al-Zarqawi, quien había entrenado en los campos de Al-Qaeda en Afganistán, asumió el liderato de Al-Qaeda en Iraq. Aunque Zarqawi le había jurado lealtad a bin Laden, el líder de Al-Qaeda lo consideraba difícil de controlar. La brutalidad de Zarqawi provocó que recibiera una reprimenda del comando central de Al-Qaeda, el cual argumentó, al igual que con la ejecución de Pearl, que la violencia excesiva alienaba tanto a la población local como a posibles partidarios internacionales.

Zarqawi no se detuvo. No solamente continuaron los asesinatos, sino que se volvió tristemente famoso por utilizar los medios para divulgar sus actos de violencia. Se cree que él personalmente llevó a cabo varias decapitaciones que fueron grabadas en video, y su aporte duradero a la iconografía de los videos snuff yihadistas fue vestir a sus víctimas con traje enterizo naranja, en referencia a los uniformes llevados por los prisioneros recluidos en el centro de detención de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo, Cuba. Los rehenes estadounidenses y británicos que fueron asesinados posteriormente en los videos del Estado Islámico, fueron obligados a vestirse de la misma manera.

Zarqawi estableció una operación de medios compartimentada en Iraq para difundir los videos de las decapitaciones, los cuales J.M. Berger, director de INTELWIRE.com y autor de Jihad Joe: Americans Who Go to War in the Name of Islam, llamó “un horrendo y sórdido precursor de los videos del Estado Islámico”. Antes de la época de YouTube, Facebook y Twitter, este tipo de video era mucho menos accesible y existía solamente en sitios web y foros de intercambio de mensajes. Los videos también eran enviados del país de origen a empresas de producción de medios dirigidas por los yihadistas donde los convertían en mini documentales y luego los distribuían a sitios web de simpatizantes. El propio Bin Laden continuó dependiendo de mensajes de video y audio que enviaba a Al-Jazeera con el propósito de alcanzar una audiencia masiva en el mundo árabe. Inclusive durante el auge de los “medios yihadistas”, la dependencia de Al-Qaeda de los medios tradicionales para amplificar su mensaje significó que con frecuencia se limitaba la violencia explícita.

La muerte de al-Zarqawi en un ataque aéreo de Estados Unidos en junio de 2006 aceleró una transición en Al-Qaeda en Iraq, que fue absorbida por una coalición de grupos insurgentes denominada el Estado Islámico en Iraq. El conflicto civil en la vecina Siria, que estalló cuatro años después, le ofreció al Estado Islámico en Iraq la oportunidad perfecta para expandirse y reclutar seguidores.

Abu Bakr al-Baghdadi, quien estuvo detenido por las fuerzas estadounidenses y era un comandante con rango medio en Al-Qaeda en Iraq, con el paso del tiempo se convertiría en el líder de esta fuerza reorganizada, a la que otorgó el nombre de Estado Islámico en Iraq y Siria (Al-Shams). Cuando Al-Qaeda volvió a quejarse de las tácticas brutales del Estado Islámico, temiendo que pudieran tener el mismo efecto alienante que Al-Qaeda en Iraq había tenido en Iraq, al-Baghdadi desafió a Jabhat al-Nusra, el grupo sirio afiliado y alineado con Al-Qaeda, y se convirtió en la fuerza militar dominante en la región.

En febrero de 2014, Al-Qaeda denunció al Estado Islámico por ser excesivamente violento y rechazó cualquier tipo de alianza con esa organización. El segundo al mando de Bin Laden y luego su sucesor, Ayman al-Zawahiri –quien en una ocasión reconoció el poderoso papel de los medios al declarar: “Estamos en una batalla, y más de la mitad de esta batalla está ocurriendo en el campo de batalla de los medios” –, rechazó con firmeza los videos del Estado Islámico. El Estado Islámico, expresó Zawahiri en una declaración, “no es una rama de Al-Qaeda, no tiene vínculos con ella y la organización no es responsable de sus actos”.

El liderazgo del Estado Islámico hizo caso omiso y continuó no solamente participando en actos brutales, sino también documentándolos. “Ellos no disputan la descripción que se hace de ellos; de cierta forma, ellos la adoptan con entusiasmo”, explicó Berger. “A ellos les preocupa más promover su propia imagen que desmentir sus acciones”. Los videos cumplían propósitos estratégicos al atemorizar a los enemigos, crear una imagen de invencibilidad y contribuir a reclutar a combatientes extranjeros. El vocero del Estado Islámico Abu Bakr al-Janabi declaró en entrevista con VICE: “Las redes sociales son buenas para crear una red de conexiones y reclutamiento. Los combatientes hablan de sus experiencias en el campo de batalla y animan a las personas a alzarse, y los seguidores defienden y traducen las declaraciones del Estado Islámico”.

Richard Barrett, ex jefe de lucha contra el terrorismo del MI6, observó que el rápido avance del Estado Islámico en el norte de Iraq y en Siria le permitía a la organización de radicales superar la relativamente escasa producción mediática de Al-Qaeda. “Durante los últimos 10 años o más, [Zawahiri] ha estado oculto en la zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán y en realidad no ha hecho mucho más que emitir unas pocas declaraciones y videos”, Barrett declaró a la Agence France-Presse. “Mientras que Baghdadi ha realizado un increíble número de acciones: ha capturado ciudades, ha movilizado a enormes cantidades de personas, está asesinando despiadadamente por todo Iraq y Siria”.

El Estado Islámico ha empleado la estrategia de redes sociales para promover sus avances y divulgar su crueldad. En la práctica ha manipulado los hashtags y la métrica de compartir mensajes de Twitter para distribuir videos bien logrados al mayor público posible, según Profiling the Islamic State, un informe del Brookings Doha Center elaborado por Charles Lister. El Estado Islámico ha lanzado su propia aplicación en sistema operativo Android; ha reproducido populares hashtags de Twitter, entre ellas las utilizadas durante la Copa Mundial de 2014; y ha formado una red descentralizada de activistas de redes sociales en todo el mundo para promover su contenido.

La dependencia del Estado Islámico de las redes sociales se deja entrever por su reacción al intento de agosto de 2014 de eliminar todas las cuentas de Twitter vinculadas a la organización, una operación presuntamente realizada por el gobierno estadounidense en colaboración con Twitter. Lo que en un momento consistía en una extensa y creciente red de cuentas oficiales con decenas de miles de seguidores, quedó diezmado.

La eliminación de las cuentas tuvo un efecto devastador, admitió Abdulrahman al-Hamid, partidario del Estado Islámico con 4,000 seguidores en Twitter. Al-Hamid tuiteó el 14 de septiembre de 2014: Conversamos mucho sobre la eliminación de las cuentas y los medios de mantenernos firmes y de animar a las personas a continuar si sus cuentas fueron borradas o suspendidas… Tenemos que admitir que esto es un desastre y tenemos que ser pacientes”.

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El Estado Islámico no es el único grupo contemporáneo que produce videos de perpetradores. Otros actores no estatales, como Boko Haram, han utilizado videos de YouTube para comunicarse con el mundo. Organizaciones criminales de México se han involucrado en esta práctica por casi un decenio.

“México ha sido pionero en el empleo de YouTube y las redes sociales para difundir videos aterradores”, según Rosental Calmon Alves, experto en materia de medios latinoamericanos y profesor de la Universidad de Texas en Austin. “Los carteles mexicanos estaban mucho más adelantados que el Estado Islámico en lo referente al empleo de imágenes macabras”.

Los carteles han demostrado su disposición a utilizar imágenes explícitas para transmitir un mensaje –con frecuencia oscuro y retorcido–. La cabeza decapitada de una periodista digital asesinada en 2011 en la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo fue colocada con audífonos puestos y junto a un teclado de computadora. Tres años después, narcotraficantes que capturaron a una activista de redes sociales utilizaron su propia página de Twitter para anunciar su asesinato. Los narcotraficantes enviaron el siguiente mensaje el 16 de octubre de 2014:

# reynosafollow AMIGOS Y FAMILIARES, MI NOMBRE REAL ES MARÍA DEL ROSARIO FUENTES RUBIO, SOY DOCTORA HOY QUE MI VIDA HA LLEGADO A SU FIN.

El texto iba acompañado de dos fotos. En una aparecía Rubio viva, mirando a la cámara. En la segunda aparecía ella tendida en el suelo y muerta con un disparo de bala en el rostro.

Las redes sociales proporcionaron a los carteles mexicanos un medio de difundir constancias visuales de las aterradoras prácticas que ya utilizaban. Entre éstas figuraba dejar cuerpos mutilados en lugares públicos, colgar amenazadoras “narcomantas” en puentes y edificios, y, en un hecho notorio, hacer rodar cabezas humanas decapitadas por el piso de una discoteca. Estos actos tenían el carácter de mensajes públicos, dirigidos tanto a la comunidad como a carteles rivales. En un inicio, las bandas intentaron gestionar la cobertura informativa de sus actividades intimidando a los medios y a los periodistas.

Después, a medida que las redes sociales se iban integrando a los medios tradicionales, los carteles mexicanos, al igual que el Estado Islámico, cambiaron de estrategia. No estando ya limitados a la “plaza del pueblo”, los carteles utilizaron las redes sociales para llegar a una audiencia mucho mayor. Muchos de los videos de YouTube siguen un formato estándar: un miembro de un cartel rival que ha sido capturado es obligado a responder las preguntas que le hace un interrogador que no aparece en cámara. Se extrae un mensaje o “confesión”. Luego la víctima es ejecutada, a veces de manera espectacular. En uno de los videos la decapitación se lleva a cabo con una motosierra.

Los carteles comenzaron a presionar a los periodistas para que informaran en mayor detalle sobre estos videos. Las agencias de noticias mexicanas enfrentaron los mismas interrogantes con que los medios internacionales tuvieron que lidiar al informar sobre los videos del Estado Islámico, en concreto cómo difundir las noticias sin promover la propaganda del cartel.

En 2011, la mayoría de las principales organizaciones de medios de México llegaron a un acuerdo sobre pautas colectivas para informar sobre las actividades de los carteles del narcotráfico. El acuerdo voluntario de 10 puntos, suscrito por 50 ejecutivos de alto rango, exhortaba a los medios a rechazar la violencia de los carteles, a tratarla informativamente de una manera balanceada, y a abstenerse de describir a los líderes de los carteles como “víctimas o héroes”. El acuerdo fue elogiado por funcionarios del Gobierno, pero algunos medios líderes negaron su adhesión, y denunciaron el pacto como una forma de autocensura que limitaría la cobertura de una cuestión noticiosa vital. La cobertura sensacionalista se redujo pero no desapareció del todo. Como Alves observó, los videos proporcionan “narrativas visuales dramáticas que a los medios les cuesta resistir”.

“Nunca suscribimos ese pacto, porque tenemos una visión diferente del periodismo y de cómo cubrir aspectos de la violencia”, expresó Ismael Bojórquez, director del semanario Ríodoce, con sede en Culiacán, Sinaloa. “En Sinaloa, la guerra de las llamadas narcomantas continuó y nosotros en general la cubrimos. No sentimos que los narcotraficantes nos utilizaron. Estos son hechos, y muchos de ellos tienen valor periodístico. Este momento requiere que cubramos más y con mayor profundidad el narcotráfico, y no una retirada”.

Los carteles pronto encontraron un nuevo medio, un sitio web enormemente popular llamado Blog de Narco. Fustigando a los medios tradicionales por autocensurarse, el sitio web se aseguró de publicar todo sin tomar partido –pero meramente reproducir los videos permitió que una mayor audiencia viera la violenta labor de los carteles–.

En Nigeria, se desarrolló un juego similar de “gato y ratón”, donde los intentos con mano dura por parte de las autoridades para restringir la difusión de los videos elaborados por Boko Haram tuvieron como consecuencia que los periodistas afrontaran mayor riesgo. Irónicamente, Boko Haram ganó notoriedad internacional debido a una exitosa campaña con hashtag de Twitter que se enfocaba en el secuestro en masa de alumnas de escuela secundaria perpetrado por el grupo radical islamista. La campaña #BringBackOurGirls (“Traigan de vuelta a nuestras muchachas”) atrajo la atención mundial a la prolongada situación de violencia e inestabilidad que impera en el norte de Nigeria y colocó a Boko Haram bajo la luz de los reflectores. Pero a finales de 2014, 219 alumnas permanecían en cautiverio en manos de Boko Haram; esta cifra incluye a todas salvo las que consiguieron escapar del grupo original de 276. A finales de 2014, videos de Boko Haram se burlaban de presuntas negociaciones con el gobierno para liberar a las muchachas y afirmaban que las habían casado con combatientes islamistas.

Los seguidores de Boko Haram también utilizaron el hashtag #BringBackOurGirls para diseminar por medio de YouTube mensajes en represalia. En julio de 2014, la AFP distribuyó un video que mostraba al líder de Boko Haram, Abubakar Shekau, riéndose y bailando mientras cantaba: “Ustedes han estado diciendo ‘Traigan de vuelta a nuestras muchachas'”. Shekau enseguida añade: “Traigan de regreso a nuestras fuerzas armadas”. El Estado Islámico divulgó una declaración de burla similar, modificando el llamado de Michelle Obama a favor de las alumnas desaparecidas y sustituyéndolo por “Traigan de vuelta a nuestro Humvee”.

El periodista nigeriano Ahmad Sakida señaló que Boko Haram utiliza las redes sociales y videos entregados a periodistas específicos para transmitir sus mensajes al público. Sakida creció en Maiduguri, en el estado de Borno, una región que él denomina “el vórtice de las actividades de Boko Haram”. Los líderes de Boko Haram le confiaban a Sakida información, y por varios años él ejerció de principal contacto de la organización con los medios. Con regularidad él ha enviado videos que documentaban las acciones y demandas del grupo. Sakida colocaba los videos en el sitio web de su periódico y habitualmente los compartía con medios de la competencia. Los videos reiteradamente eran noticia, y a menudo contradecían la versión gubernamental sobre sonados atentados con explosivos, tales como el ataque contra la sede de las Naciones Unidas en Abuja en 2011.

“Las autoridades desean que haya una sola narrativa en lo relacionado a la cuestión del terrorismo”, observó Sakida. Con el tiempo los periodistas nigerianos enfrentaron tanta presión por parte de las autoridades que se negaron a informar sobre las actividades de Boko Haram. Ello, a su vez, provocó la ira de los radicales islamistas, quienes dependían de los medios para difundir su mensaje, y comenzaron a ejecutar ataques contra los medios, como por ejemplo el atentado con explosivos contra dos oficinas de ThisDay, respecto a los cuales Boko Haram reivindicó la autoría. Sakida, quien se vio obligado a abandonar Nigeria ante la presión gubernamental, en la actualidad vive exiliado en los Emiratos Árabes Unidos.

En última instancia la falta de acceso de Boko Haram a los medios nigerianos no detuvo el flujo de información. El grupo regularmente sube sus mensajes de video directamente a YouTube, donde son vistos cientos de miles de veces. Debido a la presión de que son objeto los medios nigerianos, sostiene Sakida, los islamistas ahora envían sus videos a la AFP. Un video de octubre de 2014 divulgado por primera vez por la AFP desmiente afirmaciones en el sentido de que el líder de Boko Haram, Abubakar Shekau, había muerto e incorpora imágenes de violencia explícita, entre ellas el apedreamiento de presuntos adúlteros, la amputación de la mano de un presunto ladrón y la aparente decapitación de un piloto capturado de la fuerza aérea nigeriana.

Los videos explícitos distribuidos por los carteles mexicanos y Boko Haram se han utilizado en México y Nigeria para socavar las declaraciones de sus respectivos gobiernos de que están logrando avances en contener la violencia y proteger a los ciudadanos. Los videos tienen como propósito destacar la impotencia e incompetencia del gobierno en áreas significativas de cada país. Mientras más se difundan los videos, mayor es el impacto, y es por ello que los radicales y los narcotraficantes tienen sumo interés en asegurar que reciban cobertura por parte de los medios, mientras que los gobiernos intentan suprimir esa cobertura informativa. Los periodistas de ambos países quedan atrapados en el medio.

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“El avance de un ejército solía caracterizarse por el toque de tambores. Ahora se caracteriza por una lluvia de tuits”, Berger escribió en The Atlantic.

Cuando el conflicto sirio estalló, gran parte del debate de política internacional se centraba en cómo aliviar el sufrimiento de los civiles y confrontar el historial de violencia despiadada del régimen de Assad. En el presente el debate gira en torno a contener el Estado Islámico y mantener la estabilidad regional. Ello se debe a que la naturaleza del conflicto ha cambiado, aunque también es una consecuencia de cómo se percibe el conflicto y de la efectividad de la maquinaria propagandística del Estado Islámico. Como observó Santiago Lyon, de AP, las imágenes originales que salían de Siria presentaban la perspectiva de las víctimas. En la actualidad muchas de las imágenes muestran el conflicto desde la perspectiva de los perpetradores de la violencia.

Aunque el Estado Islámico, Boko Haram y los carteles del narcotráfico mexicanos tienen estrategias y objetivos divergentes, son todos actores no estatales con sistemas de medios altamente evolucionados que aprovechan al máximo el auge de las redes sociales para promover su mensaje. Aunque en ocasiones los estados han documentado las atrocidades que cometen, el destinatario era la burocracia interna. Por el contrario, estos actores no estatales intentan utilizar la estructura de medios existente para amplificar el escenario de sus actos de violencia. En un panorama mediático en constante cambio en el cual las redes sociales se están incorporando cada vez más a los métodos periodísticos tradicionales, los videos de perpetradores tienen la oportunidad de convertirse en noticia. Ahora hay acceso casi instantáneo a las atrocidades que ocurren en todas partes del mundo.

La tendencia no es exclusiva de los grupos de radicales organizados. En el actual ecosistema de medios, los perpetradores de la violencia tienen la oportunidad de no sólo divulgar el acto, sino también de utilizar la publicidad para multiplicar el terror.

“Esta cuestión se ha vuelto más común y ha adquirido mayor visibilidad debido a las redes sociales”, declaró Madeleine Blair, programadora de contenido del Canal de Derechos Humanos de Witness, que capacita a activistas para que utilicen el video para documentar la situación de derechos humanos, “pero inclusive antes de que existiera YouTube observamos y dejamos constancia de varios patrones en que los perpetradores grababan y filmaban sus propios actos de violencia y utilizaban los videos como parte de la táctica de las violaciones”.

La tendencia, en opinión de Blair, plantea un desafío único para los que vigilan y documentan las violaciones de los derechos humanos, entre ellos los periodistas. “Por un lado, el video está exponiendo y documentando la violación, y, por otro, o perpetuando la violación o agravando la situación de peligro de la víctima”, expresó Blair.

La abundancia de los videos de perpetradores ha suscitado graves cuestiones éticas no solamente para los periodistas y los medios sino inclusive para las empresas de tecnología que alojan el contenido. En septiembre de 2014, el diario The Guardian informó que una unidad especial de la policía británica ahora trabaja directamente con empresas tales como Twitter y YouTube “para bloquear y borrar aproximadamente 1,100 elementos de contenido macabro a la semana, que de acuerdo con las autoridades contravienen las leyes antiterrorismo del Reino Unido”.

Inevitablemente, ello ha planteado interrogantes sobre la libertad de expresión en la Internet y quién controla el contenido de la Internet. Twitter no ha divulgado sus prácticas en torno a los retiros de contenido pero ha declarado públicamente: “Revisamos todas las cuentas objetadas y las comparamos con nuestras reglas, que prohíben el uso ilícito y las amenazas violentas”.

Para Alves, los medios tradicionales necesitan establecer un equilibrio entre el interés público y el estar conscientes de que la “información fue creada como un arma propagandística”. Dado que los videos de actos violentos nunca se podrán suprimir totalmente, los medios tradicionales deben aceptar un papel diferente, no como intermediarios de la información sino como “momentos de verificación”, que proporcionan contexto y perspectiva. “Nos estamos desplazando de un ecosistema centrado en los medios a un ecosistema centrado en el Yo”, explicó Alves. “La persona es el medio”.

Ismael Bojórquez, el director del semanario mexicano, señaló que debido a su experiencia en Sinaloa él les recomienda a los medios internacionales que no se abstengan de mostrar la violencia explícita si es un elemento esencial del reportaje. Bojórquez les advirtió a los periodistas que “nunca se aten las manos ni se pongan una mordaza en la boca. Eso es fatal para el periodismo”.

Las nuevas realidades requieren un cambio fundamental en el modo como los periodistas y los consumidores de noticias se relacionan con la información, en particular con la información difundida por fuerzas violentas y extremistas. En la época en que los medios ejercían un monopolio sobre la información, los periodistas podían optar colectivamente por excluir a ciertas voces. En la actualidad, ese poder no existe. Aunque las redes sociales y las nuevas tecnologías de la información permiten que todas las personas hablen, ellas no obligan a todos los demás a escuchar.

Joel Simon es director ejecutivo del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés). Samantha Libby es la asistente de campañas del CPJ. La sección sobre la estrategia mediática de Al-Qaeda fue adaptada del libro de Simon titulado The New Censorship: Inside the Global Battle for Media Freedom (Columbia University Press, 2015).

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