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Silencio o muerte en la prensa mexicana

Cuando me fui al exilio

Por Luis Horacio Nájera


Hasta ahora no he podido averiguar si fui un cobarde o un valiente al huir de Ciudad Juárez con mi familia y tres maletas, dejando todo atrás. Llevo dos años en el exilio y todavía lucho con mis sentimientos por haber abandonado mi hogar, a mis padres; por dejar el periodismo que tanto amo después de 18 años en la profesión.

Abandonar México fue una decisión complicada, que maduró con el tiempo, pero que llegó en forma abrupta. La idea se cruzó por mi cabeza por primera vez después de recibir advertencias veladas de policías corruptos que me "recomendaban" que dejara de hacer preguntas o de tomar fotos a los cadáveres que podrían dar alguna luz sobre los delincuentes que ellos, con sus uniformes y sus charolas, protegían. La policía estatal incluso me retuvo una vez a punta de pistola mientras estaba cubriendo una balacera.

Durante casi 20 años cubrí el área que incluye Ciudad Juárez, el oeste de Texas y Nuevo México para el Grupo Reforma, una de las empresas periodísticas más prestigiosas de México. Me amenazaron de muerte en incontables ocasiones; me persiguieron; me acosaron y me intimidaron como resultado de mi trabajo de investigación. En febrero de 2006, tras recibir amenazas de muerte por mi cobertura del asesinato de un famoso abogado, salí temporalmente de Juárez y me fui a Nuevo Laredo, en donde nuevamente me siguieron y acosaron tras informar sobre las actividades del cartel del Golfo. Unos meses después estaba de regreso en Juárez, solo para ser blanco de más amenazas por informar sobre el asesinato de mi colega Enrique Perea Quintanilla, ocurrido en agosto de 2006.

Por perseguir lo que no era solo mi trabajo sino también mi pasión, muchas veces perdí la razón. Entonces, cuando a veces trataba de obtener la mejor imagen o de indagar sobre algo, crucé la delgada línea que me separaba del peligro. En 2008 recibí información confiable de que varios periodistas estaban en una lista negra de sentenciados a muerte por la delincuencia organizada, por sus informes sobre la guerra contra el narcotráfico en Juárez. Mi fuente me dijo que yo estaba en esa lista. Después supe que otros dos nombres también estaban incluidos: Armando Rodríguez Carreón, asesinado en noviembre de ese año y Jorge Luis Aguirre, quien ahora vive en el exilio en Texas.

A veces pienso que era como una rana en un experimento de laboratorio, metida en agua cuya temperatura aumenta lentamente hasta que muere. A pesar de que sujetos sombríos en autos de lujo me fotografiaban en las escenas de crímenes, a pesar de que me seguían sujetos con rifles de asalto, durante un tiempo no me di cuenta que mi vida corría peligro. Finalmente, contrario a lo que podría hacer una rana, reconocí que estaba en peligro inminente cuando la temperatura aumentó repentinamente en agosto de 2008.

Una masacre en un centro de rehabilitación de Juárez, ese mes, había puesto al descubierto el uso de dichas entidades para ocultar a los sicarios de bandas criminales. Redacté una nota detallando la complicidad de la policía estatal y los soldados para ocultar a esos asesinos, además de artículos señalando arrestos ilegales y torturas cometidos por esos mismos soldados que se supone que están luchando contra los narcotraficantes.

Las amenazas llegaron de todos lados. En el fuego cruzado, no tuve a nadie a quién recurrir. Tras ser testigo del clima creciente de crímenes violentos e impunidad, no podía confiar en el gobierno ni tampoco podía dejarme asesinar debajo de una solitaria farola en cualquier calle. Abandoné México en septiembre de 2008 con mi familia y me fui a Vancouver, Canadá.

Sigo vivo y tengo suerte por ello. Pero siento el dolor de haber abandonado mi profesión y mi país. Ahora tengo un trabajo de medio tiempo como conserje, el único cargo que pude conseguir tras 14 meses en el desempleo. Mi esposa, experta en recursos humanos, trabaja como empleada doméstica. Estamos manteniendo a nuestros tres hijos, dos varones y una niña. Estamos vivos, lejos del fuego cruzado, pero me sigue doliendo haber huido de mi país y de mi profesión.

Luis Horacio Nájera es ex corresponsal del Grupo Reforma.

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