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ESTADOS UNIDOS
El gobierno de los Estados Unidos tomó enérgicas
medidas en el 2002 para ocultar algunas de sus actividades del escrutinio
de la prensa. Estas acciones no sólo redujeron el acceso
de los periodistas estadounidenses a la información, sino
que repercutieron en el resto del mundo, donde líderes autócratas
citaron las medidas del gobierno estadounidense para justificar
políticas represivas.
Si bien el acceso a las fuerzas estadounidenses destacadas en Afganistán
mejoró un poco en el 2002, los periodistas que se encontraron
con tropas estadounidenses en el teatro de operaciones no siempre
fueron bien recibidos. En febrero, soldados estadounidenses detuvieron
al periodista del Washington Post Doug Struck a punta de pistola
y le impidieron investigar denuncias sobre bajas civiles. A fines
de agosto, tropas especiales que participaban en la búsqueda
de Osama bin Laden confiscaron rollos de película al fotógrafo
del New York Times Tyler Hicks y lo obligaron a borrar imágenes
de su cámara digital. A algunos periodistas norteamericanos
les preocupa que estas acciones sean un mal presagio para la cobertura
de una posible invasión militar a Iraq, aunque el Departamento
de Defensa se ha comprometido a «integrar» a los periodistas
a las fuerzas estadounidenses e inclusive les ha dado entrenamiento
especial para que puedan acompañar a las tropas de un modo
seguro.
En algunos casos, las medidas restrictivas contra la prensa se
extendieron a labores periodísticas más rutinarias
en los Estados Unidos. En marzo, la policía militar esposó
a Gregg Gursky, camarógrafo del canal Fox News, y le confiscó
una cinta de video. Gursky se hallaba en el predio del Pentágono
cuando filmó a agentes de la policía de Virginia mientras
detenían una camioneta frente al Pentágono. Aunque
Gursky poseía credenciales del Departamento de Defensa, funcionarios
del departamento adujeron que Gursky tenía que ir acompañado
de una escolta para poder filmar en el predio del Pentágono.
Al día siguiente, los funcionarios le devolvieron la cinta
a Fox News.
En septiembre, la policía de Washington detuvo a por lo
menos cinco reporteros que cubrían manifestaciones en contra
del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. El periodista
Larry Towell, de la agencia de fotografía Magnum, contó
al CPJ que la policía hizo caso omiso de los pases de prensa
y apresó a los periodistas sin ninguna advertencia. Los periodistas
permanecieron en un centro de detención durante varias horas
antes de que la policía los liberara sin formular cargos
contra ellos.
El gobierno de los Estados Unidos también tomó medidas
para limitar la cobertura de los debates internos sobre políticas
en los organismos y ministerios. Las nuevas pautas del Departamento
de Justicia, instituidas en octubre, otorgan a los organismos gubernamentales
un amplio margen de discrecionalidad para rechazar solicitudes públicas
efectuadas de conformidad con la Ley de la Libertad de Información
de 1966. El Fiscal General, John Ashcroft, declaró que el
gobierno de Bush respaldaría la retención de documentación
siempre que existiera «una sólida base jurídica»
para hacerlo. La administración de Bill Clinton, predecesor
de Bush, retenía documentos sólo cuando se consideraba
que divulgarlos resultaba «perjudicial».
El proyecto de Ley de Seguridad Interna aprobado en noviembre impone
sanciones penales a los empleados gubernamentales que revelen información
sobre «infraestructura crucial» —como la de comunicaciones,
transporte y salud— proporcionada al gobierno de manera voluntaria
por empresas privadas. La organización pro libertad de prensa
Reporters Committee for Freedom of the Press, radicada en Washington,
D.C., denunció que la cláusula se introdujo a instancia
de las empresas y que podría impedirle al público
recibir información oportuna acerca de amenazas a la salud
y el bienestar públicos.
También se les negó el acceso a los periodistas a
las audiencias de deportación de cientos de inmigrantes detenidos
en el período que siguió a los ataques del 11 de septiembre
del 2001. En agosto, el Tribunal de Apelaciones del Sexto Circuito,
en Cincinnati, resolvió que el cierre automático de
estos procedimientos viola la Primera Enmienda, y observó
que «la única salvaguarda contra este extraordinario
poder gubernamental es el público, que delega en la prensa
el papel de guardián de la libertad». Las audiencias
para temas de inmigración ahora están abiertas en
la jurisdicción de ese tribunal, pero están cerradas
en el resto del país. El asunto podría llegar hasta
la Corte Suprema.
El gobierno impuso estrictas restricciones a la cobertura de los
detenidos por el ejército estadounidense en Camp Delta, Bahía
de Guantánamo, Cuba. El campo de detención está
rodeado de una lona impermeable verde, lo que imposibilita que se
lo fotografíe desde lejos. Los periodistas a los que se les
permite la entrada enfrentan varias restricciones y siempre van
escoltados. El secreto es tan absoluto que el gobierno de los Estados
Unidos no respondió a las afirmaciones de Al Yasira, el canal
por satélite en lengua árabe que transmite desde Qatar,
de que uno de sus camarógrafos se hallaba detenido allí.
En una carta con fecha 27 de septiembre y dirigida al secretario
de Defensa, Donald Rumsfeld, el CPJ también le solicitó
información acerca de la supuesta detención del periodista.
A fines de año, Rumsfeld aún no había respondido.
El CPJ sí recibió respuesta a una carta enviada el
31 de enero a Rumsfeld en la que se le solicitaba información
sobre las circunstancias del ataque con misiles que tuvo lugar el
13 de noviembre del 2001 contra las oficinas de Al Yasira en Kabul,
Afganistán. En la carta de respuesta, fechada 26 de febrero,
el Pentágono declaró que el edificio era una «conocida
sede de Al-Qaeda» pero no proporcionó ninguna prueba
que respaldara dicha afirmación. El CPJ continúa investigando
el incidente.
Un informe emitido por el CPJ el día del aniversario de
los ataques del 11 de septiembre del 2001 manifestaba la preocupación
de que los gobiernos autoritarios se habían apropiado de
la retórica de la «guerra contra el terror» para
justificar las restricciones a la libertad de prensa en sus países.
El informe, titulado «Mirando hacia delante, mirando hacia
atrás» («Looking Forward, Looking Back»),
señalaba que los gobiernos de Eritrea, Rusia y Zimbabwe habían
calificado de «terroristas» a los periodistas que los
criticaban.
Aparte de las cuestiones referentes al acceso a la información,
otros hechos preocupantes en el marco jurídico afectaron
a los periodistas estadounidenses en el 2002. Aunque la periodista
independiente de Texas Vanesa Leggett —encarcelada por cinco
meses en el 2001 por negarse a entregar sus materiales de investigación
a los fiscales federales— fue liberada a principios de enero,
David W. Carson y Ed Powers, director y editor, respectivamente,
del periódico de Kansas The New Observer, fueron procesados
penalmente por difamación (delito menor en Kansas, sancionable
con hasta un año de prisión) y condenados en julio.
La publicación había informado erróneamente
que el alcalde de un condado en realidad vivía en otro condado.
En noviembre, los periodistas fueron sentenciados al pago de una
multa y a un año de libertad condicional; posteriormente
apelaron las condenas. El CPJ ha sostenido desde hace mucho que
los periodistas nunca deben ser encarcelados por su trabajo y ha
emprendido campañas internacionales contra las disposiciones
penales relativas a la difamación. Aun cuando los procesamientos
penales por difamación son muy poco frecuentes en los Estados
Unidos, en muchos estados dichas disposiciones continúan
vigentes.
Periodistas y medios norteamericanos también estuvieron
sujetos a procesos judiciales fuera del país en el 2002.
En diciembre, el Tribunal Penal Internacional de la ONU para la
ex Yugoslavia dictaminó que Jonathan Randal, ex reportero
del diario Washington Post que había sido llamado a comparecer
en el juicio de un ex funcionario bosnio acusado de genocidio, no
debía testificar en el caso. La decisión precisaba
que los corresponsales de guerra no podían ser obligados
a declarar a menos que «la prueba buscada sea de valor directo
e importante en la determinación de una cuestión central
en el caso… y que no pudiera ser obtenida razonablemente de
otro modo». El CPJ colaboró con abogados y periodistas
de todo el mundo para respaldar el caso de Randal.
Sin embargo, el dictamen del tribunal de La Haya sólo extiende
este privilegio a los corresponsales de guerra, no a todos los periodistas.
El tema del testimonio obligatorio podría volver a surgir
a medida que se amplíe el sistema jurídico internacional,
en particular con el establecimiento de la Corte Penal Internacional
(CPI), que está programado para el 2003. La CPI tendrá
autoridad para juzgar a individuos acusados de crímenes contra
la humanidad y de crímenes de guerra.
La creciente amenaza de acciones legales internacionales también
se puso en evidencia cuando el Alto Tribunal de Australia resolvió
en diciembre que un empresario australiano podía iniciar
una demanda por difamación contra la empresa estadounidense
Dow Jones por un artículo que la revista de negocios Barron’s
publicó y reprodujo en su página de Internet. Dow
Jones, dueña de Barron’s, argumentó que el caso
debería haberse iniciado en los Estados Unidos, donde se
publica la revista.
El secuestro y posterior asesinato a comienzos del 2002 de Daniel
Pearl, reportero del diario Wall Street Journal, obligó a
los corresponsales estadounidenses en el extranjero a enfrentar
sus puntos vulnerables, lo cual hicieron reevaluando sus rutinas
e inscribiéndose en cursos de seguridad para periodistas,
de creciente popularidad.
En mayo Frank Smyth, representante del CPJ en Washington, D.C.,
testificó ante el Senado y exhortó a la Agencia Central
de Inteligencia (CIA) a abstenerse de usar como espías a
periodistas no estadounidenses. Desde los años 70, la CIA
tiene prohibido emplear a periodistas estadounidenses como espías
excepto en circunstancias extraordinarias, pero la prohibición
no se aplica a periodistas extranjeros. En su testimonio, Smyth
observó: «La percepción —o inclusive el
rumor— de que un periodista local trabaja para la CIA lo pondría
obviamente en considerable peligro». La estrategia también
pone en peligro a periodistas estadounidenses al crear la impresión
de que todos los periodistas son posibles espías: los captores
de Daniel Pearl lo acusaron, falsamente, de trabajar para los servicios
de inteligencia estadounidense e israelí.
En parte como respuesta al asesinato de Pearl, el CPJ lanzó
un nuevo curso sobre seguridad para periodistas en el 2002 que les
brinda a los periodistas información autorizada y práctica
sobre cuestiones de seguridad, como por ejemplo equipos de seguridad,
entrenamiento en ambientes hostiles, seguros de vida y de salud,
terapia para el estrés postraumático y consejos de
veteranos corresponsales. El CPJ publicará un manual de seguridad
para periodistas en la primavera del 2003.
Aun cuando los periodistas que trabajan en los Estados Unidos enfrentan
relativamente pocos riesgos contra la integridad física,
en octubre la policía de Los Angeles acusó a un hombre
de amenazar a la periodista del diario Los Angeles Times Anita M.
Busch, quien trabajaba en un reportaje acerca de una trama de extorsión
contra el actor Steven Seagal. Alexander Proctor, delincuente condenado
por un delito relacionado con el tráfico de drogas, supuestamente
le dijo a un informante de la Oficinal Federal de Investigaciones
(FBI) que un detective privado que trabajaba para Seagal lo había
contratado para amenazar a Busch. Proctor supuestamente rompió
el cristal de la ventana del auto de la periodista y dejó
un paquete con un pescado muerto y una rosa en la boca acompañado
de un letrero que decía «Basta». En agosto Ned
Zeman, reportero de la revista Vanity Fair, fue amenazado a punta
de pistola mientras trabajaba en la misma historia.
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