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COLOMBIA
El conflicto civil colombiano dejó nuevamente un saldo brutal
para la prensa del país: amenazas, ataques, secuestros y
asesinatos de periodistas. Por lo menos tres periodistas fueron
asesinados o cayeron en el cumplimiento de su labor en el 2002,
y el CPJ continúa investigando los casos de otros cinco periodistas
cuyos asesinatos pudieran estar vinculados con la labor profesional
que realizaban. A fin de año, el sobrecargado sistema judicial
de Colombia parecía estar lejos de resolver cualquiera de
estos asesinatos, perpetuando un clima de impunidad que deja a los
medios totalmente vulnerables a los ataques.
Los guerrilleros de izquierda y los paramilitares de derecha fueron
acusados de la mayoría de los casos de violencia en contra
de la prensa en Colombia, país al que el CPJ calificó
en el 2002 como uno de los 10 peores lugares del mundo donde ejercer
como periodista. Un proceso de paz de tres años con el ejército
rebelde más grande del país se derrumbó en
febrero, y en agosto el presidente electo Álvaro Uribe Vélez
asumió con promesas de intensificar la batalla en contra
de los grupos armados.
La violencia inhibió la cobertura de un conflicto que ya
tiene 38 años y que enfrenta a los rebeldes izquierdistas
en contra del gobierno y un ejército paramilitar de derecha.
Con frecuencia, los periodistas no pudieron dar la información
que hubiera podido ir más a fondo en el análisis y
el contexto que se requiere para explicar cómo ha cambiado
el conflicto y los motivos que impulsan a las diversas partes a
combatir. En cambio, la mayoría de las noticias hicieron
hincapié en las estadísticas del número de
bajas, que a menudo se basan sólo en una fuente militar anónima.
Los militares también fueron criticados porque supuestamente
dieron a la prensa información inexacta para resaltar la
percepción de que ellos estaban ganando la batalla. Esto
fue obvio en septiembre, cuando los medios reportaron una aseveración
del jefe de la fuerza aérea de Colombia en el sentido de
que 200 rebeldes habían muerto en bombardeos aéreos.
El informe fue posteriormente desautorizado cuando los militares
no pudieron explicar cómo habían calculado la cifra
de muertos y admitieron que jamás se había hecho un
recuento de los cadáveres.
Durante el 2002, creció la preocupación entre periodistas
sobre la amenaza que pueden representar los dueños de los
medios para la independencia editorial. Dos poderosos grupos empresariales
con vínculos con la clase dirigente son dueños de
las cadenas de televisión y de radio con mayor alcance de
Colombia, RCN y Caracol. Se generalizó entre muchos colombianos
la percepción de que los dueños de medios y los políticos
comprenden una única clase dirigente cuando, con vistas a
las elecciones presidenciales de mayo, Uribe escogió como
vicepresidente a un miembro de la familia propietaria del diario
más influyente del país.
Estos lazos parecen haber impedido que muchos periodistas informaran
críticamente sobre las medidas económicas radicales
impulsadas por Uribe luego de convertirse en presidente; y que también
analizaran los cuestionamientos surgidos durante la campaña
electoral acerca de los presuntos vínculos entre los carteles
de la droga, Uribe y su familia. La excepción fue «Noticias
Uno», programa de temas de actualidad que se emite por la
estación televisiva Canal Uno, con sede en Bogotá.
En abril, el programa mostró una serie informativa, producida
por el director de investigación Ignacio Gómez, acerca
de los supuestos lazos entre Uribe y el Cartel de Medellín.
Después de haber emitido los reportajes, sujetos no identificados
comenzaron a llamar al canal, amenazando con asesinar a Gómez,
al director de noticias Daniel Coronell, y a la hija de 3 años
de Coronell, quien fue enviada en avión fuera del país
en cuanto comenzaron las llamadas. El CPJ honró a Gómez
con el Premio Internacional a la Libertad de Prensa en noviembre.
Aunque se acusó a la guerrilla y a los paramilitares de
la mayoría de los ataques en contra de la prensa y por la
muerte de dos periodistas en el 2002, estos grupos no parecen ser
quienes estuvieron detrás del asesinato del periodista Orlando
Sierra. Director adjunto y columnista del diario La Patria, con
sede en la región cafetalera de Colombia, Sierra había
denunciado en repetidas ocasiones a un grupo de caudillos políticos
locales, acusándolos de saquear las arcas públicas,
comprar votos y ejercer el nepotismo. El 30 de enero, mientras caminaba
hacia su oficina con su hija, Sierra fue asesinado a balazos.
Los asesinatos del año 2002, junto con otras docenas de
muertes en los años anteriores, obligan a los periodistas
a tomarse en serio la avalancha de amenazas que reciben. Por lo
menos 26 periodistas recibieron amenazas de muerte durante el 2002,
y diez de ellos huyeron del país.
La más conocida de entre todos ellos es Claudia Gurisatti,
principal conductora de noticieros de televisión del país,
quien abandonó Colombia en febrero después de recibir
llamadas telefónicas anónimas que le advertían
acerca de un plan para matarla. No quedó claro quién
estaba detrás de las amenazas, pero ya Gurisatti se había
ido de Colombia en otra ocasión cuando las autoridades le
advirtieron que los rebeldes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (FARC) planeaban asesinarla. En el 2000, Gurisatti realizó
una de las primeras entrevistas en vivo de los últimos años
al entonces líder paramilitar Carlos Castaño. Muchos
colombianos dicen que el modo afable y carismático en el
que Castaño se manejó durante la entrevista contribuyó
a que los paramilitares aumentaran el apoyo entre la clase media
del país.
Los asesinatos y las amenazas de muerte no fueron los únicos
métodos usados por los grupos armados para mostrar su desprecio
hacia la prensa en Colombia. Conforme se informó, los soldados
de las FARC desmantelaron una emisora de radio, hicieron volar la
antena y el transmisor de otras dos, intentaron lanzar un cohete
contra una emisora de televisión y secuestraron a un periodista,
aparentemente para obligar a que su diario pagara el rescate y publicara
un comunicado.
Los rebeldes y las autoridades gubernamentales también hostigaron
a la prensa extranjera. A medida que se deterioraban las conversaciones
de paz en febrero, soldados de las FARC detuvieron a un corresponsal
del diario estadounidense Los Angeles Times, T. Christian Miller,
y a su asistente, Mauricio Hoyos. En otro incidente ocurrido unos
días después, soldados de las FARC detuvieron a Alain
Kellert, fotógrafo de la revista francesa Marie Claire. Los
tres —Miller, Hoyos y Kellert— fueron liberados ilesos
poco tiempo después de haber sido retenidos.
En septiembre, el presidente Uribe firmó un amplio decreto
sobre seguridad que le permitía al gobierno establecer zonas
de seguridad para combatir contra la guerrilla y los paramilitares.
El decreto les exigía a los extranjeros y a la prensa internacional
que obtuvieran un permiso gubernamental para ingresar a esas zonas.
Algunos corresponsales extranjeros se quejaron de que el requerimiento
era innecesario, y en noviembre la Corte Constitucional dictaminó
que la prensa no requería permiso del gobierno para ingresar
en las zonas de seguridad.
Finalmente, en un acontecimiento que puede ser un buen presagio
para la prensa de Colombia, los paramilitares pertenecientes a las
Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) declararon un cese al fuego
indefinido y unilateral el 1 de diciembre, comprometiéndose
a finalizar con los ataques en contra de los rebeldes izquierdistas
y los sospechosos de colaborar con ellos. Aunque es demasiado pronto
para saber si se mantendrá el cese al fuego, los periodistas
en Colombia esperan que marque el fin del terror patrocinado por
los paramilitares en contra de los medios.
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