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Balance Regional: Las Américas
por Carlos Laurķa
La agitación económica y política en América
Latina durante el 2002 tuvo profundas repercusiones para la prensa
de la región. Fuertes bajas en los ingresos por publicidad
precipitaron a muchos medios a la bancarrota, mientras que el fracaso
en consolidar las reformas democráticas dejó a los
medios en situación de vulnerabilidad frente a las agresiones
físicas y el hostigamiento judicial. Durante el 2002, cinco
periodistas fueron asesinados o cayeron en el cumplimiento de su
labor informativa en América Latina.
La creciente debilidad de los partidos políticos tradicionales
generó otro tipo de peligro para los medios: en Venezuela,
la prensa dejó de lado todo tipo de expresión de neutralidad
y se convirtió en fuerte oposición política.
El presidente Hugo Chávez Frías respondió aumentando
su ya recargada retórica en contra de los medios. En algunos
casos, tanto los partidarios de Chávez como sus opositores
escogieron como blanco a periodistas, fotógrafos y camarógrafos.
Durante el golpe del 11 de abril, Jorge Ibraín Tortoza Cruz,
fotógrafo del diario 2001, fue herido de un disparo mientras
cubría los violentos enfrentamientos entre los manifestantes
de la oposición y los partidarios del gobierno en Caracas,
la capital. Posteriormente murió a raíz de las graves
heridas. En mayo, Sauro González Rodríguez, investigador
del programa de las Américas del CPJ, viajó a Caracas
para investigar la situación y publicó un informe
especial, titulado «Carne de cañón».
Tres periodistas fueron asesinados o cayeron en el cumplimiento
de su labor en Colombia, donde la prensa es blanco habitual de la
guerrilla de izquierda y las fuerzas paramilitares de derecha. El
CPJ aún está investigando los asesinatos de otros
cinco periodistas colombianos cuyas muertes podrían estar
vinculadas con sus trabajos. El fracaso del gobierno para juzgar
estos crímenes ha llevado a que muchos periodistas abandonen
el país, perpetuando un clima de impunidad en el cual los
comunicadores son blancos de amenazas, intimidaciones, secuestros
y asesinatos.
Después de ganar en las elecciones presidenciales de mayo
con una plataforma basada en la seguridad, la lucha contra la corrupción
y tolerancia cero a la violencia, Álvaro Uribe Vélez
asumió su cargo en agosto. Los grupos defensores de derechos
humanos y de la libertad de prensa le advirtieron que esta posición
tan dura podría crear mayores abusos y pronosticaron una
posible escalada en el conflicto. Después de que el periodista
de investigación Ignacio Gómez transmitió al
aire una nota en un popular noticiero televisivo en la cual se vinculaba
a Uribe con narcotraficantes, el presidente argumentó que
«una cosa es la prensa libre, y otra muy diferente es la prensa
al servicio de testaferratos y de negocios turbios».
Los periodistas haitianos continúan enfrentando considerables
peligros, y varios profesionales de prensa han debido exiliarse.
El 25 de diciembre, dos hombres armados atacaron la casa de Michèle
Montas, directora de noticias de Radio Haïti-Inter, asesinando
a un guardia de seguridad. Montas es la viuda de Jean Léopold
Dominique, destacado periodista y dueño de la emisora de
radio que fue asesinado el 3 de abril del año 2000. Montas
ha criticado duramente el lento avance de la investigación
que siguió a la muerte de su esposo.
En América del Norte, las medidas cada vez más duras
que tomó el gobierno de los Estados Unidos para ocultar sus
actividades del escrutinio público, como por ejemplo las
acciones emprendidas para restringir la capacidad de la prensa de
obtener documentos conforme a la Ley de Libertad de la Información,
fueron un mal ejemplo para el resto del hemisferio en un momento
en el cual los periodistas en América Latina han logrado
avances en su batalla por una mayor apertura gubernamental. En una
importante victoria, el presidente mexicano Vicente Fox firmó
en junio la primera ley de libre acceso a la información
pública, conocida como la Ley Federal de Transparencia y
Acceso a la Información Pública Gubernamental.
En otros países, el colapso económico alimentó
las crecientes crisis sociales. Argentina, que había respaldado
con mayor entusiasmo las políticas de libre mercado de los
Estados Unidos, sufrió una devaluación de su moneda,
gran agitación política y disturbios en el 2002. El
colapso de la tercera economía más grande de América
Latina llevó a la gente a manifestarse en las calles en contra
de las acciones del gobierno, fomentando ataques contra los periodistas
que cubrieron las protestas, y expuso la corrupción existente
entre políticos y empresarios. Todos estos factores han alentado
un clima de temor previo a las elecciones presidenciales del 2003.
Mientras que la mayoría de los partidos políticos
de la región están perdiendo apoyo popular, la democracia
en Brasil ha madurado, y sus instituciones se han fortalecido con
la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones
presidenciales de octubre. Pero aun cuando los periodistas trabajan
en un clima relativamente libre de persecuciones políticas,
los narcotraficantes continúan amenazando a la prensa. El
brutal asesinato de Tim Lopes, un laureado periodista de investigación
de TV Globo, llamó la atención sobre los serios riesgos
que enfrentan los periodistas cuando cubren el crimen organizado.
La última década de democratización en América
Latina no siempre ha alentado las necesarias reformas legislativas
y judiciales que permitirían institucionalizar la libertad
de prensa en toda la región. Muchos países sostienen
cláusulas de la era colonial conocidas como leyes de desacato,
que penalizan expresiones que insulten el honor y la dignidad de
los funcionarios públicos. Las leyes de difamación
siguen existiendo en los códigos penales de la mayoría
de los países a pesar de una declaración del año
2000 realizada por la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos (CIDH) en el sentido de que «la protección
a la reputación debe estar garantizada sólo a través
de sanciones civiles, en los casos en que la persona ofendida sea
un funcionario público…». Esta entidad, que tiene
sede en Washington, D.C. y que constituye el órgano de la
Organización de los Estados Americanos (OEA) encargado de
promover la observancia y la defensa de los derechos humanos, ha
sido un foro fundamental para la defensa de la libertad de expresión
en América Latina. En marzo, el abogado argentino Eduardo
A. Bertoni reemplazó a Santiago A. Canton, quien se convirtió
en director ejecutivo de la CIDH, como Relator Especial para la
Libertad de Expresión.
Si bien los procesamientos penales por difamación son habituales
en toda la región, Panamá quizás posea el entorno
con mayores restricciones legales para la prensa de toda América
Latina. Casi la mitad de los periodistas panameños enfrentan
procesos penales por difamación, la mayoría de ellos
iniciados por funcionarios enojados por las denuncias que hizo la
prensa sobre corrupción política.
La excesiva concentración de propietarios de medios en un
puñado de poderosos grupos económicos es también
una amenaza para la libertad de prensa y socava el pluralismo informativo.
Con la ayuda de mercados liberalizados y privatizados, unos pocos
grupos dueños de medios en América Latina —con
frecuencia vinculados a los partidos políticos gobernantes—
han levantado prósperos imperios multimediáticos,
que concentran intereses privados a expensas de objetivos políticos
y sociales más amplios. La ausencia de legislación
antimonopolio ha generado que muchos periodistas y grupos de libertad
de prensa sean pesimistas acerca del futuro. La cobertura periodística
se basa con frecuencia en la visión ideológica y económica
de los propietarios de medios, quienes ven a sus empresas como una
forma de obtener poder político. Al mismo tiempo, el uso
de la publicidad gubernamental para recompensar o castigar a las
empresas de medios afecta seriamente el periodismo independiente,
y de este modo daña la libertad de expresión.
Carlos Lauría es el coordinador del programa de las Américas
del CPJ. Sauro González Rodríguez es el investigador
del programa de las Américas del CPJ, y realizó una
labor exhaustiva de investigación y redacción para
esta sección. Joel Simon, subdirector del CPJ, Michael Easterbrook,
periodista free-lance basado en Bogotá, y Trenton Daniel,
receptor de la beca internacional de periodismo Pew de la primavera
del 2003, también contribuyeron para esta sección.
La Robert R. McCormick Tribune Foundation proporcionó un
importante apoyo a la labor del CPJ en las Américas en el
2002. La Tinker Foundation apoya la campaña del CPJ a favor
de la despenalización de la difamación en las Américas.
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