{Cárcel de periodistas}

Por Gustavo Gorriti

Recuerdo una canción de allá por los sesenta, por los años de Playa Girón y la crisis de octubre, que decía: "Cuba, Cuba, qué linda es Cuba/ quien la defiende la quiere más".

Cuba es linda. Mejor, es bella. El trasfondo de sangre y de tragedia que subyace la imponente presencia de sus fortalezas, la arquitectura espléndidamente restaurada de la Habana vieja, ese extraño déja vu de ciertos momentos urbanos, donde los años cincuenta ­en los autos, en los bares, en las expresiones­ parecieran prolongarse sin cambio hasta hoy, le da una intensidad, una profundidad que es poco frecuente encontrar en los trópicos. Bajo el sol luminoso, a la vera del mar verde turquesa se adivinan sombras densas, sufrimientos perdurables, inmensas valentías.

Fui a Cuba para ver a la gente cuya perdurable valentía le permite afrontar inmenso sufrimiento. A los familiares de los periodistas independientes.

Voy en una misión encomendada por el Comité para la Protección de Periodistas. He entrado como turista, dado que a una misión oficial no se le hubiera permitido el ingreso. Visito el país durante unos días y luego cumplo la misión. Busco hacerlo con rapidez, dado que hay vigilancia sobre los disidentes y ha habido consecuencias. El año 2000, Martine Jacot, de Reporteros Sin Fronteras, fue arrestada y expulsada de Cuba, no sin antes confiscarle las notas. En octubre del 2002 pasó lo mismo con Catherine David, del Nouvel Observateur; y en febrero de este año, el catedrático argentino de periodismo, Fernando Ruiz Parra fue detenido clandestinamente por tres días antes de confiscarle notas y expulsarlo del país.

En una de las calles de Centro Habana ­de solares tugurizados, viviendas ruinosas, en patente contraste con el rostro renovado de la Habana Vieja­ visito a Laura Pollán, esposa del periodista y dirigente del partido Liberal Democrático de Cuba, Héctor Maseda. Su fatiga, la que veo en todas las esposas de los periodistas presos, es visible y se explica prontamente como otra expresión del valor. Maseda es una persona que supera los sesenta años y Pollán, su esposa, catedrática de español, parece estar en la cincuentena. Ambos compartían la vivienda humilde y triste que visito, y ahora ella está sola. En los pocos meses desde que su marido ha iniciado el padecimiento ­en la prisión de La Pendiente, en la provincia de Villa Clara­ de la larguísima sentencia a la que ha sido condenado, ya ha contraído escabiosis, que es la manera quizá elegante de decir sarna; aparte de otros múltiples padecimientos de piel y de respiración.

Maseda ha permanecido aislado en un calabozo infecto. Su esposa ha tratado de visitarlo varias veces, haciendo el viaje de cientos de kilómetros, pero no le han permitido verlo. Ha tratado de hacerle llegar medicamentos que alivien y curen la sarna. No se los han aceptado porque los funcionarios de la prisión dicen tener lo suficiente. Ahora, cuando la visito, Pollán prepara un nuevo viaje, para tratar de hacerle llegar ropa limpia de cama a su esposo y, si puede, tarjetas telefónicas. Los pocos recursos que tiene se le van entre esas compras y los viajes. Maseda apenas lleva unos cien días preso. La sentencia es por veinte años. ¿Su delito? Hablar como ciudadano lo que piensa; escribirlo como periodista; no doblegarse.

El pequeño departamento en el distrito de Playa donde vive, ahora sola, Miriam Leiva, conserva algunas huellas del registro que por más de diez horas hizo la policía política el día que arrestó a su esposo Oscar Espinosa Chepe. Se llevaron a Espinosa, y confiscaron todo lo que tuviera algún valor. Ahora, Leiva no sólo lucha contra la injusticia sino, sobre todo, por la vida de su esposo. Espinosa, un economista y periodista que incluso en libertad llevó años pagando el precio de la honestidad intelectual en una dictadura, sufre de cirrosis. Estaba, hasta marzo, aceptablemente controlado. Pero luego de los días de interrogatorio y la sentencia, a veinte años, fue enviado a padecer prisión en solitario, al otro extremo de la isla, a Guantánamo. Leiva, una ex diplomática de alto rango que, como Espinosa, asumió las consecuencias de pensar, escribir y hablar libremente, fue incansable en alertar sobre el peligro de muerte de su esposo. La amenaza de escándalo internacional hizo que trasladaran a Espinosa a un hospital en Santiago de Cuba. Ahí lo vio, Leiva, después de muchos viajes infructuosos a Guantánamo (mil kilómetros de ida y mil de vuelta). Fue un choque verlo así, "tan mal, tan desmejorado". Pese a ello, poco después trasladaron a Espinosa a la prisión de Boniatico, de infame reputación. Leiva continuaba, tenaz, irreductible, en la lucha por salvar la vida de su esposo.

Àlida Viso trabajó al lado de su marido, el periodista Ricardo González (presidente de la Sociedad de Periodistas Manuel Márquez Sterling) en la empresa quijotesca de sacar la primera revista independiente que se publicaría en Cuba desde 1959. Llegaron a ver el primer número de De Cuba tres meses antes de la detención de González y el saqueo de todos los equipos. Su esposo, condenado a veinte años, está encerrado a más de 500 kilómetros de La Habana. Le han dicho a Àlida que ella tiene derecho a una "visita conyugal" cada seis meses y una "familiar" cada tres. Cada cuatro meses puede llevarle alimentos y medicinas para aliviar las condiciones medievales de encierro, pero no puede verlo. Debe viajar los cientos de kilómetros para entregar el paquete a los funcionarios del presidio y regresar sin verlo. Àlida es joven y cuando habla de su esposo, se le llenan los ojos de lágrimas, pero es fuerte. Hay gente a la que la pena fortalece y ese parece ser el caso de Àlida.

A Blanca Reyes, la esposa del periodista y poeta Raúl Rivero, no le pueden contar mucho en torno a padecimientos. Años atrás le dieron a escoger entre seguir al hombre con quien entonces estaba casada, que se iba al exilio, o quedarse con su hijo pequeño, a quien no le permitían salir de Cuba. Blanca se despidió de su esposo. El niño pudo volver a ver a su padre sólo doce años después. Blanca sufrió el divorcio y luego unió su vida con la de Raúl Rivero. Cuando llego a verla, en su departamento de Centro Habana, ella acaba de hablar por teléfono con Rivero y de contarle que la Sociedad Márquez Sterling ha sido galardonada con una mención especial del más importante premio periodístico en el hemisferio, el Maria Moors Cabot. Reyes me cuenta que cuando la policía vino para llevarse a su esposo, el registro terminó siendo breve. El populoso vecindario salió a la calle y, cuando empezó a dar signos de protesta al saber lo que pasaba, la policía se apresuró en llevarse a Rivero. Entonces, Blanca Reyes salió al balcón y gritó: "¡Ahí se llevan a un hombre!" Sus vecinos despidieron a Rivero entre aplausos.

Como resultado de las redadas y acciones represivas que el régimen de Fidel Castro perpetró a partir del 18 de marzo de este año, fueron detenidos setenticinco disidentes del régimen (es decir, gente que disiente, que no está de acuerdo con lo que hace su gobierno y que se atreve a expresarlo). Entre ellos, veintiséis periodistas independientes. Después de algunos días de intensa presión psicológica disfrazada de interrogatorio en Villa Marista, los periodistas, y los otros disidentes, fueron condenados, tras un juicio de apenas cuatro días a inicios de abril, a penas draconianas.

Entre ellos, se condenó a Raúl Rivero a veinte años de cárcel. A Ricardo González, a veinte años. A Oscar Espinosa Chepe, a veinte años. A Héctor Maseda, a veinte años.

Cuba terminó de convertirse, como lo dijo un informe de Reporteros sin Fronteras, (RSF) en "la mayor cárcel del mundo para los periodistas".

Pese a la truculencia estaliniana del juicio, lo único que jueces, fiscales, agentes encubiertos, policías y espías pudieron probar es que los periodistas eran periodistas y que los disidentes eran disidentes.

Salvo el asesinato o la tortura física, el régimen cubano recurrió a todos los expedientes de un estado policial para tratar de presentar a los procesados, en su jerga, como "mercenarios al servicio del imperio". Se los interrogó cada tres horas, día y noche, entre el momento de su detención y el juicio. Se los aisló por completo. Se les hizo saber lo que les aguardaba a ellos y a sus familias: sentencias que a sus edades equivalen a pena perpetua; malos tratos y acoso que para varios, debilitados por enfermedades previas, significan una pena de muerte a plazos. En el empeño obsesivo por demostrar que se trataba de "mercenarios" y "espías", el gobierno cubano echó hasta procedimientos de inteligencia por la borda: parte de sus agentes encubiertos y espías dentro de los periodistas y la disidencia, revelaron su verdadera identidad, al ser usados como testigos de cargo por la fiscalía.

Así, el veterano "periodista" Néstor Baguer reveló ser el "agente Octavio" de los "Órganos de Seguridad del Estado", desde 1960. Odilia Collazo, la presidenta del Partido pro Derechos Humanos de Cuba, terminó su testimonio con estas memorables palabras: "Yo tengo el privilegio de decirles a ustedes que yo soy, precisamente, una de las personas elegidas por el gobierno de Cuba, por el Ministerio del Interior, hoy, precisamente, le estoy mostrando a todo el mundo que yo soy una agente, la agente Tania". El "periodista" Manuel David Orrio resultó ser "el agente Miguel", de los mencionados órganos de "Seguridad del Estado". La "activista de derechos humanos" y "periodista" Aleida Godínez reveló su identidad verdadera: "agente Vilma", del espionaje cubano.

Excepto Baguer, que deseaba, después de 40 años de espionaje, terminar con el juego; los otros agentes se resistieron a revelar su identidad, porque, según dijeron, quedaban muy bien situados después de los arrestos. El gobierno cubano decidió quemarlos, sin embargo, para tratar de darle un cariz de espionaje y contraespionaje al proceso, con el fin último ­me parece- de utilizar a los periodistas y disidentes encarcelados como fichas de negociación con los Estados Unidos. ¿El objetivo? Canjear eventualmente a los cinco agentes cubanos encarcelados y sentenciados a largas penas en Estados Unidos hace dos años. En toda La Habana, en Varadero, pude ver posters y pintas con los rostros de los cinco agentes, y debajo de ellos sólo una palabra: "Volverán". Más de un cubano me dijo que esta campaña casi tenía la importancia de la que se hizo para "el rescate del pequeño Elián".

Como es inevitable, entre las decenas de disidentes y periodistas procesados, alguno se quebró. Osvaldo Alfonso, presidente del partido Liberal Democrático de Cuba leyó en el juicio una declaración en la que "reconocía" que "En nuestro trabajo opositor hemos podido ser utilizados por funcionarios de la Sección de Intereses, por lo que en nuestra intención de llevar a cabo una lucha pacífica, hemos respondido de alguna u otra manera a los intereses de Estados Unidos". Sin siquiera darse tiempo para reponerse de la sorpresa, Héctor Maseda, quien había sido antes presidente del mismo partido, se levantó para reafirmar que "Siempre fui, soy y seguiré siendo un liberal". Alfonso está ahora recluido en una relativamente cómoda prisión de La Habana, la misma en la que estuvo preso el ex-ministro castrista Abrantes. Maseda, como ya se ha visto, fue encerrado en las bárbaras condiciones que lo llevaron a contraer sarna.

Basta muy poco tiempo para que Cuba te llegue al corazón, y yo la dejo con pena, y con inmensa admiración por los periodistas y sus familiares. Para ellos, Cuba sigue siendo linda, pero su vida no lo es. Sin embargo, la quieren tanto más porque la han defendido ­defendido su derecho a la libertad­ sacrificando su propia libertad, su salud y empeñando también su vida.

Lograr su libertad, la de todos los periodistas cubanos encarcelados, debe ser una causa central para los periodistas libres del mundo.

[Publicado en la edición del 21 de julio de 2003 del diario PERU.21, www.peru21.com.]