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San José, Costa Rica, 5 de julio de 2002 ---
La noche del sábado 7 de julio de 2001, Parmenio Medina debía
de recibir un premio en defensa de la libertad de expresión de
parte de una organización costarricense sin fines de lucro. Esa
mañana, él grabó su programa de radio, «La Patada»,
tal como lo había hecho durante los últimos 28 años.
A las 4:30 p.m., a media cuadra de su casa, él recibió tres
disparos a quemarropa. Murió en una ambulancia camino al hospital.
El asesinato estremeció a toda Costa Rica país que
abolió el ejército en 1949 y se considera una democracia
pacífica. Pero lo más alarmante es que un año
después de haberse cometido el crimen, los responsables del asesinato
de Medina aún no han sido enjuiciados.
De hecho, no fue sino hasta la semana pasada que el Fiscal General, Carlos
Arias, finalmente dio una conferencia de prensa para anunciar que la Fiscalía
investigaba a posibles sospechosos y sus móviles probables. De
acuerdo con dos diarios nacionales, Al Día y La Nación,
y dos noticiarios de televisión, «Repretel» y «Telenoticias», cuatro
integrantes de una pandilla criminal son sospechosos de haber sido contratados
para asesinar a Medina. Dos de los sospechosos ya están en prisión
cumpliendo condenas por otro delito, uno fue asesinado en un atraco, y
el cuarto no ha sido localizado, según se informó.
Sin
embargo, antes de la conferencia de prensa de la semana pasada, el silencio
era la única respuesta que recibían los reporteros cuando
se encaraban con las autoridades acerca de la muerte de Medina. Además,
los periodistas los propios colegas de Medina se han rehusado
a investigar el asesinato por su propia cuenta porque, conforme al severo
Código Penal vigente en Costa Rica, temen que publicar los resultados
de sus investigaciones pueda provocar acusaciones de difamación
por parte de funcionarios públicos.
Los periodistas costarricenses aseguran que se sienten amenazados por
las normas vigentes en el país relativas a la difamación.
En dos encuestas a reporteros realizadas por el diario nacional La
Nación, más de la mitad de los entrevistados admitió
haber recibido algún tipo de amenaza como resultado de su trabajo.
En la encuesta más reciente, publicada el 3 de mayo, de los 81
periodistas entrevistados, el 56 por ciento afirmó que habían
sido intimidados por funcionarios públicos que se sentían
ofendidos por sus reportajes. Siete periodistas entrevistados habían
recibido amenazas contra su integridad física. Y el treinta y siete
por ciento indicó que habían sido amenazados con demandas
por calumnia, injuria y difamación, delitos que en Costa Rica son
castigados con elevadas multas o penas de cárcel.
De nacionalidad colombiana, Medina llegó
a Costa Rica en 1968 escapando de la violencia de su país y trabajó
hasta llegar a la producción radial nacional. Su programa «La Patada»
mantuvo su popularidad por tres décadas y se convirtió en
una tradición dominical que se transmitía antes y después
de los partidos de fútbol. Con una sátira incisiva y valiente,
Medina dirigió sus críticas a los dirigentes de los equipos
de fútbol, los representantes de la clase política, y finalmente
al blanco de su última gran controversia: la Iglesia católica.
A principios del 2001, «La Patada» informó sobre una presunta malversación
de fondos en Radio María, una emisora católica que en ese
entonces contaba con los niveles de audiencia más altos del país.
El 26 de mayo del mismo año, el arzobispo de San José, Román
Arrieta, anunció que Radio María cerraría debido
a dificultades económicas. Dichas dificultades probablemente surgieron
a raíz de los problemas de contabilidad financiera que Medina había
dado a conocer en su programa.
Un mes y medio después del cierre de Radio María, Medina
fue asesinado, y con él, «La Patada» fue silenciada. Nadie retomó
el programa y no ha vuelto a aparecer ningún programa similar.
Pero
ese no es el único silencio que se ha dado después de la
muerte de Medina. Normas oficiales prohíben a la Fiscalía,
la cual está a cargo de la investigación, divulgar los nombres
de los sospechosos. Por casi 12 meses, los investigadores no dieron conferencias
de prensa y la única respuesta dada al ser interrogados era que
las pesquisas estaban avanzadas. Sin embargo, aún si los fiscales
dieran a conocer los nombres, los periodistas no los publicarían,
ya que el Código Penal costarricense castiga a cualquiera que reproduzca
declaraciones que otros puedan considerar ofensivas aun si la persona
que hace las declaraciones es el Fiscal General de la República.
Aunque la prensa ha hecho algunos intentos por realizar sus propias investigaciones
acerca de los hechos del caso, cuando los reporteros descubren algo, se
autocensuran por temor a ser acusados de injuria o difamación.
En Costa Rica, «cuando uno investiga uno puede llegar a algunas conclusiones,
pero no hay pruebas para decirlas sin ser demandado», dice Esteban Castro,
uno de los encargados de la cobertura del crimen de Medina para el noticiario
«Telenoticias», del Canal 7.
De hecho, Ernesto Rivera, reportero investigativo de La Nación,
reconoce que no publicó detalles de su investigación sobre
el asesinato para evitar demandas por difamación.
Este temor a ser acusado y castigado tiene precedentes. Mauricio Herrera,
periodista de La Nación, fue hallado culpable de difamación
en 1999 por publicar informaciones basadas en acusaciones contra un ex
diplomático costarricense aparecidas en medios europeos. Herrera
y La Nación fueron multados y Herrera ahora posee antecedentes
penales. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos, entidad
de la Organización de los Estados Americanos, ha admitido el caso.
Tras
la muerte de Medina la Asamblea Legislativa estableció una «Comisión
de Libertad de Prensa» para que analizara posibles reformas a las normas
sobre la difamación. La comisión examinó nueve proyectos
de reformas, pero sólo aprobó uno que eliminaba el delito
de desacato, que conllevaba penas de cárcel para quien ofendiera
a un funcionario público. La comisión no analizó
el obstáculo principal para la prensa: la ley de «delitos contra
el honor», la cual dispone multas y penas de cárcel para todo el
que calumnie, injurie, difame o reproduzca declaraciones ofensivas contra
una persona, incluso funcionarios públicos.
El 3 de febrero de 2002, la nueva Asamblea Legislativa fue electa y se
conformó una nueva Comisión de Libertad de Prensa. Al mismo
tiempo, otro grupo en el congreso estudia una reforma general del Código
Penal, la cual modificaría los delitos contra el honor. Aunque
esta reforma introduciría más mecanismos de defensa para
los periodistas, también aumentaría las penas y mantendría
como delito la reproducción de declaraciones ofensivas.
Tristemente, existe la sensación en
los medios costarricenses de que los asesinos no serán enjuiciados.
«La gente da por un hecho que el crimen no se va a resolver», concluye
Esteban Castro, de «Telenoticias», quien teme, además, que el asesinato
haya servido de antecedente para quienes quieren intimidar a los reporteros.
El director del Instituto Interamericano de Derechos Humanos, Roberto
Cuéllar, califica la atmósfera que respira la prensa en
Costa Rica como «el silencio». Y es silenciosa en más de una manera.
Existe el silencio de Medina, el de los investigadores del caso, y el
de los medios. Y el silencio, por ahora, continúa.
Montserrat Solano Carboni es una periodista costarricense.
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